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Mar y Tierra Nuestra - Pierre Chili

Mar y Tierra Nuestra

de Pierre Chili

Carlos Bowen Ochsenius

1945

 

Algunos Cuentos ...

 

Carrillo

En quirihue

 

<< Quirihue, mayo…

<<Mi querido ahijado: Cuando eras niño te llevé a la   <<  a la pila bautismal en mis brazos que, ya viejos, desean << estrecharte antes de que me retoben dentro del cajón << negro con destino a <<rendir cuentas>>. Dispongo de   << algunos bienes y comodidades y quiero que disfrutes    << algo de tales, por lo que te invito a mi residencia en      << Quirihue, eligiendo, en lo posible para tu viaje, el 21      << de mayo próximo, fecha en que echamos los trastos por <<  la ventana. Hay un montón de buenasmozas que claman

<< por conocerte y unos vinos que hacen bendecir

<< a estas misericordiosas tierras que producen estos jugos. << Puedes solicitar permiso a tus jefes de la Marina y                                                                                                                    << venir el día que te indico y resignarte a pasar una                       << temporada conmigo. El 21 tendremos un gran banquete << en honor de nuestros héroes y de la Armada.                                                                                                      << Son graves mis dolencias y presiento que será la última << ocasión de verte, tu viejo padrino, NICANOR                    << DE LA JARA >>.

 

El guardiamarina Carrillo leyó la carta y experimentó dos impresiones opuestas: filial dolor ante la amenaza de muerte de su venerable padrino, y grato regocijo al pensar en las buenasmozas, en los pavos asados y en los sabrosos mostos del Itata. Tomó una hoja de papel sellado y a             << Usía>> respetuosamente expuso que: << deseando hacer uso de feriado legal de quince días, rogaba a Usía, si no tenía inconveniente, disponer que se le concediera el citado permiso con residencia en Quirihue, a partir desde el 21 de mayo>>.

 

Remitió su informe al <<maestro sastre de abordo>>; compró una media docena de cuellos y le pidió prestado un chaleco blanco a uno de sus más elegantes compañeros. Días después se presentó, de espada al cinto, a su Comandante, el inflexible Rompeacero.

 

- El guardiamarina Carrillo pide su autorización, señor Comandante, para ausentarse por quince días <<en uso>> de feriado que se le ha conferido con residencia en Quirihue…

Rompeacero lo abarcó con mirada severa desde el cazado a la gorra.

- Su conducta, señor guardiamarina, no es muy satisfactoria. ¿Cumplió su arresto por pernoctar sin permiso en tierra?

-  Sí, señor comandante.

-  Muy bien, señor guardiamarina. Puede hacer uso de su permiso; pero no olvide usted que todos en el lugar de su residencia juzgarán a nuestra Armada según su comportamiento. Sea sobrio, culto y discreto.

- Perfectamente, señor Comandante.

Rompeacero observó el retrato del Capitán Prat, al óleo en su cámara.

- Se dirige, señor guardiamarina a Quirihue, al histórico pueblo de un heroico jefe de la Armada, modelo de austeridad y de caballeroso pundonor.

No lo olvide… Evite el vino, los discursos y ciertos compromisos matrimoniales que no se avienen con su edad, con su agrado y con la buena fé de un honorable oficial de la marina…

- Perfectamente, señor Comandante… tendré muy presente sus recomendaciones…

-  Puede retirarse, señor guardiamarina.

Dió una media vuelta militar y rápida y se retiró de la cámara del Comandante, quien le dijo al Capitán al quedar solos:

-  ¿Qué irá pensar Quirihue de nuestra Marina?

El mismo 21 de mayo llegó Carrillito a Coelemu, en donde lo aguardaba su padrino para continuar su viaje. Se había difundido la noticia del arribo de un representante de la Armada en día tan memorable.

- ¡Viva el 21 de mayo!... ¡Viva la Marina!... ¡Viva el representante!

Carrillito distribuía venias y sonrisas cual si fuera uno de los propios héroes que recién regresaba de caer ultimado en el <<Huáscar>>.

- Es una pluma.. – observó una entusiasta al verlo jovencito, risueño, sin pelusilla en la cara y de flamante uniforme.

- ¡Viva el representante de la Marina!

- Gracias… Gracias… repetía jovial Carrillo, diciéndose a si mismo: << ¡Si me viera Rompeacero!>>

Don Nicanor se extasiaba en el.

-¡Que <<peine>>!... – exclamaba, acariciándose las barbas blancas… - Y a todos les decía jubiloso:

- ¡Es mi ahijado!... ¿Qué les parece el chiquillo?

Al llegar a Quirihue le señaló el aposento que le tenía dispuesto.

 

- Ahí tienes la cama, hijo… Hace años se alojó en ella un obispo y nadie la ha vuelto a ocupar, reservándolas para grandes ocasiones… Ambiente de santidad todavía conserva…

- Me remuerde la conciencia, mi querido padrino… ¡Ocupar el mismo lecho y la misma posición horizontal de un sueño santo!...

Se río don Nicanor.

 

-Envidio tu juventud y tus pecados más mortales, hijo! Conviene que te acicales para asistir al banquete, pues hay unas linduras que habrán de encandilarte. Héroes, buenos vinos y buenasmozas producen estas tierras…

 

¡Encantador el pueblo!... ¿Quiénes serían un par de preciosas muchachas que desde lejos lo habían saludado? ¿Asistirían al banquete?... No le interesaba… Se conduciría atento, sin << comprometerse>>, y tal como convenía <<a su edad, grado y a la buena fé de un honorable oficial de la marina>>, según la recomendación de Rompeacero… Pero eran <<mandarunas>> las muchachas… ¡El hoyito que a una se le hacía en la cara al reírse!... <<Niditos de amor>>, llamaba a tales hoyuelos el Macho Quiroga.

Pero no le importaba… <<Culto, sobrio y discreto>>…

No lo tentarían ni el amor ni el vino…

 

De su maleta extrajo el níveo chaleco prestado y provisto de pequeños botones dorados con anclitas en relieve. Eligió un cuello recto y de puntas dobladas. La chaquetilla corta, en cuyas solapas auroleaban sendos escudos orlados de laureles, resaltaba la juvenil esbeltez de su cuerpo y la blancura del chaleco albo.

 

- La casa se llena de invitados y es hora de presentarte… - le dijo don Nicanor al ir a buscarle.

 

Entró Carrillito al salón como alucinado, sin distinguir personas, sino bultos con ropajes. Murmullos de complacencia. El <<representante>> repartía saludos y amabilidades.

 

- Cuando Manuelito tenga la edad voy a colocarlo en la Escuela Naval… - dijo una señorona al ver a Carrillo tan pulcro y educado.

 

Pasaron al comedor. Don Nicanor brindó:

- Voy a seguir, señores, un sistema muy recomendable: brindar antes… Tiene este sistema la ventaja impagable de hallar al orador con su cerebro despejado, lo que no acontece por lo común al final de una comida bien rociada… Bebo, señores, por una alegría y un honor: por la alegría de tener en mi casa al niño que, no mayor de quince días, un cura lo bautizara en mis brazos, echándole agua en la nuquilla y sal en la boca… Cuando le echaron la sal no hizo ni el menor gesto; creo que le tiró la manga al cura, pidiéndole otro trago…

Todos se rieron y miraron a Carrillito que asentía risueño.

- …Y bebo, señores, por el honor de tener con nosotros a un representante de la Armada en este aniversario glorioso y que, gustándole la sal de su bautismo, quiso después tragarse entero el mar, haciéndose marino… Por nuestros héroes del 21 de mayo… Por la Armada de Chile…

Carrillo sintió ímpetus de contestar; pero lo contuvo la advertencia de Rompeacero: evitar discursos que, mal expresados, pudieran comprometer el prestigio de la Armada.

Don Nicanor lo sentó a su derecha como huésped de honor y junto a la Reine de la Primavera. Algo cohibido y abrumado por la responsabilidad de tener que representar a tantos héroes virtuosos y afamados, incluso a la Armada y al propio Rompeacero, permaneció silencioso… ¡Linda la Reina! ¡Embromado Rompeacero!

La señorona madre del súbito candidato a ingresar a la Escuela Naval, le manifestó a su vecino de asiento:

- Obsérvelo… Es la educación de los marinos… Tan cumplidos y correctos… A Manuelito << le vendrá bien >> muy bien la Escuela Naval.

- Estás muy callado, hijo… - le insinuó don Nicanor a Carrillo… ¿No estás contento?...

- En la gloria, padrino… Es que me estoy << orientando>> al principio…

 

No era aquello: era la austeridad que procuraba mantener al representar a la Marina, lo que lo contenía, como a esos muñecos encerrados en una caja cuyos resortes pugnan por hacer saltar la tapa que los oprime.

 

-  En tu obsequio destapare la última botella de un noble vino de cuarenta años que queda en la bodega…- le dijo en confidencia don Nicanor.

 

Un mozo recibió la orden sigilosa.

 

- Cuarenta años, hijo… Hay que beberlo de a poco para saborear el <<buquet>> exquisito…- le recomendaba don Nicanor a su ahijado al escanciarle con unción fervorosa…

 

La fría cortesía de los primeros momentos se disipaba al generalizarse la conversación. A Carrillito se le subía a la cabeza el noble cuarentón, lamentando que su padrino se lo prodigara con tantas reticencias y por sorbos.

- Cuarenta años… ¿Te gusta?

- Delicioso…

- De buen << gourment>> es beberlo de a poco…

Un calorcillo que sonrosaba y doraba a cuanto veía, lo dominaba. La reina, con voz que le parecía una serenata al resplandor de la luna, le conversaba, manifestándole su entusiasmo por la Marina… Le celebro los botoncitos dorados del chaleco.

 

- Parecen joyas con sus anclitas… - observó la joven…

- Cuarenta años, hijo… Por sorbos, de a poco… - le recomendaba su padrino.

 

El resorte que lo retenía como abrumado se estiraba más y más por dentro a influencias del generoso cuarentón que le cosquilleaba en la sangre y le ardoreaba la mente. Se puso de pie.

- Que hable! Que hable! El representante de la Marina!... – exclamaron todos al verle.

La señorona le expresó a su vecino:

- Hablan muy bien los marinos… Los educan especialmente para decir discursos. ¿No ve usted que tienen que viajar y verse muchas veces obligados a hablar en público hasta en las mesas de los soberanos?... Escuchemos.

 

Carrillito habló:

-  No es un discurso, señores… Es un apoyo que busco en este ilustre auditorio… Don Nicanor y venerable padrino, me sirve por gotas un noble vino de cuarenta años, advirtiéndome a cada copa de muy baja marca que así se toma: de a poco. Les pido a ustedes que intercedan ante mi querido padrino don Nicanor y les digan: << ¡Menos años y más vino, don Nica>>!...

 

El lobezno asomaba las orejas… Atronaron las risas y todos corearon:

- << ¡Menos años y más vino, don Nica>>!...

 

Rompeacero y los héroes que representaban se esfumaban de la imaginación de Carrillito. Al final del banquete se desprendió de un botón del chaleco de anclita en relieve y se lo obsequió a la reina como << un recuerdo perdurable >>.

 

No supo cómo se recogió al lecho del obispo… Una vaga idea en la cabeza adolorida…

Quince días son quince instantes cuando hay juventud, halagos y fiesta corrida. Al abandonar Quirihue, don Nicanor, acariciándose apenado las blancas barbas y con sospechosa excusa de tener irritada la vista al llevarse una mano a los ojos, dijo:

- Como representante de la Armada y de los héroes, lo hizo harto mal, indudablemente… Pero como representante de la simpatía, lo hizo harto bien el muchacho… Me llegó al alma el rajadiablos. ¡Qué peine!...

 

A pesar de ser un día de sol quemante, llegó Carrillito envuelto en su capa al buque. Para su desgracia, Rompeacero se encontraba en cubierta y lo hizo llamar al verlo.

 

- El guardiamarina Carrillo se presenta de regreso de su feriado, señor Comandante – le dijo al presentársele con una cuadrada de germánico taconeo.

- Está bien, señor guardiamarina. ¿Y por qué anda de capa con este sol?

- Estoy resfriado, señor Comandante.

- No se le conoce. Sáquese la capa, señor guardiamarina.

 

El muchacho vaciló; pero ante la imperativa mirada de Rompeacero, obedeció con lentitud y desgano.

- Le faltan botones a su chaqueta y chaleco, señor guardiamarina!... ¿Así ha representado a la Armada en Quirihue? ¡Explíquese!

No tenía excusa aquello. Había que decir algo:

- Una mala broma que me hicieron en Quirihue, señor Comandante… Me cortaron los botones unos amigos.

-¡Un correcto oficial debe seleccionar a sus amigos!... Arrestado señor, por no andar de uniforme con la debida compostura. Hemos terminado, señor guardiamarina!

 

Carrillito bajó alicaído a su cámara en donde se encontró con el Macho Quiroga.

- ¿Que tal Quirihue?

- ¡Estupendo!... Sin Rompeacero y sin arrestos y trago, bailes, pavos, chiquillas… A cada nueva novia tuve que regalarle un botón de recuerdo… Si me quedo más tiempo, creo que habría tenido que recurrir a los botones de mis prendas interiores mas intimas!...

 

Se sentía afiebrado con su capa y el sol quemante, con la reprimenda y con sus trasnochadas corridas y mal recuperadas en el lecho que ocupara el Obispo. Quiso aplacar los incendios; pero al probar el agua <<resacada>> del buque, de un sabor desabrido y aceitoso, dejó el vaso.

- ¡Chacolí de Coelemu!... – exclamó nostálgico… - ¡Cuánto te extraño!... ¡Y cómo extraño a la Reina y a todas las lindas que me desabotonaron!... ¡Dichoso Prat que naciste cerca de aquellos barrios!... Rompeacero, en cambio, debió nacer en plena pampa; árida, sin viñas, ni buenasmozas que lo arrullaran!

 

 

Carrillo

En Londres

 

 

Cuando en un grupo de guardiamarinas uno de ellos habla sobre temporales, nadie lo escucha; todos están pendientes del término del relato para ellos meter su cuchara y relatar un temporal mucho más formidable. Pero cuando un guardiamarina habla de sus aventuras en alguna capital extranjera, todos los oídos se sintonizan y no se pierde palabra.

 

Un guardiamarina refería sus impresiones sobre Londres.

- Hay que acostumbrarse a Londres, compañeros. Al principio uno se siente algo desorientado; pero una vez que se le toma el rumbo, no hay ciudad mejor en el mundo. ¡Qué muchachas!

 

Al oír nombrar <<muchachas>>, Carrillito se saboreó como si paladeara mieles.

- ¡Qué muchachas!... Blancas y rosadas como grosellas en leche. En el Picadilly no hallarían ustedes a quién elegir como reina! ¡Todas son lindas! Yo me hice amigo de muchas ellas.

Carrillito empezaba a sentirse un pollo Tejada.

- Pero para tener partido en Londres, lo primero que hay que hacer es comprarse un <<colero>> de pelo y un smoking. En Londres nadie se piensa decente si anda sin su tarro colero llegada la noche.

Carrillito recordó que no tenía sombrero de copa.

- ¿Y cuanto vale uno de esos sombreros?

-  Por doce chelines puedes tener uno mejor que los del Príncipe de Gales.

 

Quedó conforme Carrillo. No era muy caro. El smoking se lo pediría prestado al gringo Saxton.

En la noche medio amortajado en su cimbrante coy, apenas durmió Carrillo. En sueños llegaba al Picadilly; miles de rubias y preciosas muchachas lo solicitaban. Con el sombrero de pelo a la nuca, él les cantaba: << Is a long way to Picadilly>>. Las llevaba a todas al teatro a cenar con champaña a media noche. Y en el sueño se sonreía como si hicieran cosquillas deliciosas en el alma.

 

Decidió su viaje a Londres. Al instructor le presentó al día su libro de cálculos y si bitácora. Al Contador le pidió unas cuantas libras esterlinas a cuenta de su sueldo. A su buen amigo, el gringo Saxton, le pidió prestado el smoking. El Macho Quiroga, otro guardiamarina, lo acompañaría en su visita a Londres. Entre una humareda espesa de cigarrillos turcos, egipcios y de cachimbas que fumaban muchos hijos de Inglaterra, apoltronados en un buen asiento de ferrocarril, recorrieron el camino a Londres. A medida que Carrillito se aproximaba a la gran capital, sentíase mas pollo Tejada. Cruzaron el Támesis. Lo encontró angosto y turbio. Londres, con su inmenso y abigarrado caserío y sus torres que sobresalían, se les presentó a la vista. Desembarcaron en la estación de Charing – Cross. Tomaron un auto.

 

- Al Queen Hotal – dijo Quiroga.

 

Desfilaban edificios, tiendas, palacios, coches, automóviles, como figuras de caleidoscopio. Varias muchachas rubias caminaban por las aceras. Carrillito asomaba la cabeza y las saludaba festivamente. El auto pasaba por una plaza. El Macho Quiroga al ver un monumental pedestal sobre el cual se alza la estatua de Nelson, reconoció la Plaza Trafalgar.

 

-  Trafalgar Square – dijo.

 

Carrillito encontró chico al Nelson perdido como entre las nubes sobre una columna gigantesca.

 

- ¿Por qué lo habrán colocado tan alto?

 

El Macho Quiroga, que sabía que los amores de Nelson con la esposa de Lord Hamilton, Embajador inglés de Nápoles, le dijo:

 

- Hasta en esto son prácticos los gringos. Lo han colocado tan arriba para que no lo alcance el bastón del marido de Lady Hamilton.

 

En el hotel, unos <<grooms>> recamados de botones dorados, le recibieron las maletas. Con zumbidos de abeja. Un ascensor los llevó a un departamento.

Carrillito se revolcó deleitablemente en la ancha cama, maldiciendo su angosto coy de a bordo.

Pero no había que perder tiempo. Al siguiente día tenían que regresar a bordo. Rompeacero, el Comandante, no admitía ni medio minuto de retraso.

 

- Es una audacia la de Rompeacero - dijo Quiroga. - Los bretones y los anglos se demoraron siglos en conquistar a Londres.

- Pues en veinticuatro horas Londres será nuestro; desde la duquesa altiva a la que <<pesca en ruin barca>> - contestó Carrillito, convertido de hecho en un gran pollo Tejada.

 

Se trazaron el programa. Antes que nada comprarían sendos sombreros de pelo. Almorzarían en el mejor restaurant: ostras y Sauterne Barsac. Al anochecer se vestirían de etiqueta con sus guapos coleros. Saldrían de conquistas al Picadilly. Elegirían al par de más lindas muchachas de Inglaterra. Al teatro ellas. A cenar con champaña. Noche inolvidable y esplendorosa! …

Carrillito, deslumbrado de entusiasmo, se llevó la mano a la cartera y sacó el retrato de su << quinta >> novia en Chile. Le dio un beso a la fotografía y sepultó el retrato en su maleta.

Después de comprar los sombreros y de almorzar opíparamente, Quiroga le dijo a su amigo:

-Vamos a variar unos quince minutos nuestro programa. Había olvidado un encargo de mi padre. El viejo es muy amigo del Adicto naval chileno en Londres, y me dio encargos para él. ¿No conoces al Capitán de Fragata, a don Lauro Rosaleda?

No le agrado la proposición a Carrillo.

- Lo conozco mucho. Pero no me parece muy aceptable el que hayamos venido desde Chile a Londres a ver un Comandante chileno, como si en Chile no los tuviéramos cada media cuadra. Con el respeto debido a tu señor padre y a sus canas, debo aclararte que el viejo te ha metido en feroz clavo…

- Serán quince minutos. Ni un segundo más…

Era el Comandante Rosaleda el jefe más gentil de la Armada: amable, muy ilustrado y obsequioso con los chilenos que pasaban por Londres. Quiroga le expresó los saludos y encargos de su señor padre, que Rosaleda agradeció muy complacidamente.

Carrillito los oía, procurando mantener la cara afable. Pero no lograba vencer una especie de timidez y una de falta de voluntad que lo embargaba cada vez que se hallaba en presencia de algún superior jerárquico.

 

- ¿Por cuánto tiempo han venido ustedes a Londres? - les preguntó el Adicto.

Al contestársele que sólo por algunas horas y que por tal motivo sentían tener que despedirse de él, Rosaleda benévolamente los retuvo.

 

-  Desde estos instantes son ustedes mis huéspedes, Conozco muy bien a Londres. Juntos visitaremos sus monumentos y cuanto más ilustrativo e interesante existe en esta gran ciudad. Será un deber y un placer muy agradable para mí el acompañarlos.

Carrillito ya largaba el llanto; pero no se atrevió a decir palabra, concretándose solamente en lanzarle una mirada de caníbal al Macho Quiroga.

Rosaleda los llevó a la Torre de Londres, a la Abadía de Westminster, a la Catedral de San Pablo, etc., hablándoles muy atentamente sobre Ana de Bolena, sobre el asesinato en la trágica Torre londinense del joven Rey Eduardo V y de su hermano el duque de York. Les señaló el sitio en que de pié Carlos I escuchara su sentencia de muerte. Carrillito no le oía. Pensaba en el Picadilly y de cómo iban trascurriendo las horas. Veía enteramente destrozado su programa. ¡Al diablo Ana de Bolena, Enrique VIII y otros antidiluvianos, de loos que no quedaba ni polvo!... Lo que les interesaba eran las muchachas actuales, las de la historia contemporánea. En un momento en que quedó solo con el Macho Quiroga, cerró los puños y le dijo amenazante y en voz baja:

- El viejo chiflado de tu padre, sus encargos y tú son unos…

- Hágame el favor, señor Carrillo. Sírvase no hablar tan irrespetuosamente de mi señor padre. Más cuidado, caballerito…

 

Felizmente, el Comandante Rosaleda se les acerco y terminó el incidente, que parecía llamado a encresparse.

-Es hora de tomar el té. Los voy a llevar a un sitio muy aristocrático, en donde se reúne la alta nobleza inglesa.

 

Tomaron el té. Una preciosa doncellita rubia, con un birrete blanco, los atendía. ¡Qué ganas las de Carrillo de decirle por lo menos: << Olé tu madre >>.

Pero allí estaba el pulcro Comandante que le infundía un respeto endemoniado. De cuando en cuando el Adicto les llamaba la atención hacia ciertos beneméritos personajes viejos y estirados.

 

- Aquel es Lord Roseberry, dueño del caballo que ganara el Derby en Epson el año antepasado. Aquella es Lady Wiltonshire, emparentada con la Reina María…

 

No le interesaban mucho al pollo Tejada aquellos vejestorios. Miraba por lo bajo a la doncellita que le sonreía simpáticamente, mientras iba de un lado a otro con tostadas en bandejas: ¡Qué deseos de invitarla para la noche!

Desilusionado salió del aristocrático club.

 

- Vamos ahora al Picadilly. Es la hora del paseo y de mayor movimiento - les expresó Rosaleda.

El programa se mejoraba. Desfilaban las rubias y lindas muchachas. Pero Rosaleda era insensible a tales encantos. Carrillito, como manso perdiguero que, retenido por una cadenilla, olfatea las perdices y quiere seguirles el rastro, retenido por un invencible respeto al Adicto, caminaba mal humorado. Se atrevió a decirle al Comandante:

 

- Discúlpenos, señor… Pero ya tenemos mesa tomada en el hotel y es hora de comer.

- Comerán conmigo, mis amigos. Y no me agradezcan esta pequeña atención mía. Seré yo el agradecido. ¡Tanto tiempo que no me daba el gusto de conversar con amigos chilenos y, en especial, con oficiales de la Marina!

 

Esta vez si que casi se largó a llorar Carrillito, en pleno Picadilly. En tono apagado y reconcentrado le dijo a Quiroga:

 

- En la máquina que me has metido! ¡Hay que deshacerse de este caballero!

- Déjalo a mi cuidado. Después de comida le diré que esta misma noche tenemos que tomar el tren de regreso, y con esto nos dejará libres.

 

Carrillito se sintió algo aliviado. No todo se había perdido. Restaba lo mejor: la noche. Recobró su alegría. Todo el Picadilly y sus encantadoras muñecas parecían hacerles señas, llamándolo al loco festín de sus alegrías…

Como a las diez de la noche le hizo una maliciosa señal al Macho Quiroga, quien se levantó de su asiento, diciéndole al Comandante Rosaleda:

 

- Le quedamos muy agradecido, señor. Le referiré a mi padre sus atenciones. Tenemos que despedirnos, pues regresamos a Portsmouth por el tren esta noche a las diez y media.

- Los acompañaré a la estación…

 

Carrillito sintió como si se le desplomara la Catedral de San Pablo sobre su cabeza. En la estación, Rosaleda habló con el conductor, recomendándole al par de muchachos. El conductor le hizo amablemente la venía. Sacó una gran llave de bronce y le echó llave al compartimento de los viajeros para evitar cualquier extravío.

Partió el tren. Desde el andén, Rosaleda movía sus brazos en son de despedida.

 

- Buen viaje. Saludos a su padre. Recuerdos al querido Chile!

 

Carrillo se abalanzó a la puerta. Estaba con llave. Forcejeó un buen rato. No cedió la cerradura. Se dejó caer en su asiento...

- ¡Perder mi noche de Londres! - dijo con un desconsuelo infinito.  - ¡Repito que el viejo de tu padre y tu mala astilla de tal palo, son unos!...

- Más cuidado, caballerito. No permito que se insulte a nadie de mi familia.

- Lo sostengo en cualquier terreno.

 

Movedizo era el terreno para sostenerse. Cuando en Portsmouth el conductor abrió la puerta, descendieron dos magullados y malheridos que no se hablaban, y que no se hablaron por muchos meses. Dos sombreros de pelo llegaron también a bordo. Lo único práctico de aquel paseo a Londres.

 

 

El brujo

De la Baquedano

 

Se parecía vagamente a una lechuza. Los marineros le abrían paso con venerable respeto.

- <<  Pa >> mí que tiene pacto con el diablo. Bote que corre no pierde << renunca >>

Días antes de las regatas, el guardián << brujo >> se trepaba los calzos de << su bote >> al que le suavizaba las quillas y el vientre panzudo con lija y con ungüento fabricado por él mismo en un rincón apartado del buque. No podía ser de otra manera, pues no se explicaba cómo un bote pesado y barrigudo podía ganar a cuantos le disputaban la delantera en las regatas!... Desde el Mediterráneo a la China, desde Gebelk - Tarik a Shangtung, había caído vencidos por el bote de la << Baquedano >> los ingleses del << Talbot >>, del << Andromeda >> y del << Glory >>; el austriaco del  << Kaiserine Elizabeth >> ; el italiano del << Marco Polo >>; el alemán del << Hansa >> y los portugueses del << Adamastor >> y << Vasco de Gama >>.

Cierto es que los bogas chilenos eran de las tallas vigorosas del marinero Danielo, tripulante del bote << invicto >>; pero ni aún con esto resultaba comprensible que siempre triunfara frente a adversarios de las mejores marinas del mundo. Algo de << brujería >> tenía que haber de por medio… El << Brujo >> lo sabría de seguro: a él se le debía el éxito no interrumpido; pero no lo revelaba, no hablaba con nadie: caminaba constantemente con la cabeza gacha, abstraído y enigmático…

 

- << ¡Qué es harto rarífico el guardián Brujo! - No destapa la escotilla de la boca ni para estornudar siquiera!... >>

 

El día de las regatas, el Brujo se tornaba más enigmático que nunca. Trepado en los calzos del bote, le pasaba cejijunto y misterioso, la última mano de su ungüento, no dejando ni una pelusilla sin su lija.

Arriado y ya en el agua el bote, tomaba la larga caña de timón y, de píe en la popa, se dirigía a la meta marcándole con pronunciados vaivenes de su cuerpo el compas de los remos a los bogas. Una ancha faja roja en la cintura era la insignia del << invencible >> Brujo.

Los botes alineados en la meta y << paleando >> de continuo para mantener sus posiciones en la partida, eran unos inquietos corceles cientopieses frente a las huinchas.

Sonaba un pistoletazo:

- ¡¡Ya-a-a!!...

Como una saeta partía el bote de la << Baquedano  >>. Sus remos se blandían frenéticos. El Brujo se inclinaba acompasadamente hacia adelante y hacia atrás, comunicándole a los bogas su ritmo vigoroso. Burbujeaba el agua remecida por las palas coléricas de los flexibles fresnos.

Al principio era una lucha sin ventajas aparentes, pero luego la proa del bote << invicto >> comenzaba a << ganar mar >> poco a poco, hasta sobrepasar destacadamente a sus competidores.

 

- ¡<< Baquedano >>!... ¡<< Baquedano >>!...

- ¡Un cuerpo de bote adelante!

- ¡<< Baquedano >>!...

- ¡Cuerpo y medio!

 

Nuestro bote seguía avanzando impetuoso, rezagando al inglés, al alemán, al italiano, al austriaco, al portugués!... Un escalofrió jubiloso nos estremecía.

- ¡Dos cuerpos adelante!

- ¡<< Baquedano >>!... ¡<< Baquedano >>!!...

 

Seguía avanzando en una fuga inalcanzable y blandiendo rápido, como un vuelo, las alas descarnadas de sus remos!

Ya llegaba a la meta. Un pistoletazo… ¡Pump!

- ¡<< Baquedano >>!... ¡<< Baquedano >>!... - ¡Viva Chile, miéchica!

 

El Brujo cesaba de ser un << péndulo >> en la popa.

- ¡Proa! - ordenaba.

 

Los dos remos delanteros se alzaban.

 

- ¡Izar el gallo, niños! - disponía con una sonrisita en su cara de lechuza el Brujo.

El par de proeles extraían del fondo una banderola, en la que se dibujaba un gallo cacareador y arrogante. La izaban con orgullo.

Cuando el bote regresaba a la << Baquedano >>, era saludado con un clamoreo de vítores a su paso por el costado.

 

- ¡Viva el Brujo! - gritaba más de un grumete, convencido de que el triunfo se debía mas a sus conjuros y ungüentos que al empuje de los bogas.

 

Saludaba con un brazo arqueado, apoyando unos dedos torcidos en la frente. ¡Hasta en la venia militar, era marino el Brujo! Mientras mas arrevesada y estrafalaria la venia, más sales de mar corrían por sus arterias.

Le << llegó >> su mala hora al bote… ¡Qué derrota más vergonzosa! El pobre Brujo no se asomo durante un tiempo por cubierta, salvo lo estrictamente necesario al servicio. Se derrumbo su prestigio. Bien pudo decirle uno de los que creían en sus maleficios:

- << Creo que haría un buen negocio si en tierra vendiera ahora su ungüento, para engrasar carretas! >>

 

Fue en Wei-Hay-Wei la desgracia, puerto chino, en el cual se hallaba el <<New Orleans>>, crucero norteamericano y poseedor de una falúa especialmente construida para regatas: fina eslora, livianas bancadas, casco delgadísimo y quillas que rea unos cuchillos. En cambio el bote de la <<Baquedano>> era de los corrientes en un buque: pesado, rechoncho y desprovisto de la finura inherente a las embarcaciones diseñadas en exclusivo para carreras.

El mismo día del arribo de la <<Baquedano>> al puerto chino ya nombrado, llego a su bordo uno del <<New Orleans>>  desafiar a unas regatas con apuestas en dinero. Eran unos profesionales: profesional la falúa y el sistema. Se discutieron las condiciones: los chilenos aceptaban siempre que los del <<New Orleans>> corrieran en un bote semejante al nuestro, es decir, del servicio usual en los buques y no en una falúa especial. Se negaron los norteamericanos: con tales condiciones el triunfo les seria dudoso. Los chilenos alentados por sus victorias anteriores, admitieron el desafío contra la falúa, lo que equivalía a una carrera entre un galgo y una tortuga.

 

Partieron las dos embarcaciones. Desde la meta la falúa tomo una ventaja considerable: era un automóvil midiéndose con un carretón. A media cancha iba apenas el bote de la <<Baquedano>>, cuando ya el del <<New Orleans>> cruzaba la meta de llegada. ¡Qué vergüenza! Nuestros bogas, en sus esfuerzos desesperados, arqueaban los remos hasta romperlos. Inútiles sus empeños. El Brujo se inclinaba hacia adelante y hacia atrás con unos bríos soberbios sus ungüentos y conjuros de nada servían: un fracaso estupendo.

Los norteamericanos en el <<New Orleans>> gritaban y silbaban como unos energúmenos. Parecían pifiarnos, conjuntamente con celebrar la victoria de ellos. Deseos daban de apuntar los cañones o zambullirse en el mar para ocultar la vergüenza!

¡Cómo piteaba el buque norteamericano, despiadado y sin las gentilezas del vencedor…

 

Al llegar el Brujo a la <<Baquedano>>, se produjo a bordo una tormenta, mientras todavía seguía piteando clamoroso y pitorreador <<el yanqui>>.

- ¡Que el Contador don <<Pancho>> Rojas nos pague el sueldo de todo un mes - decían algunos marineros - Y asi como ellos llegaron con un saco de dólares a apostarnos, vamos al crucero yanqui y los desafiamos a una carrera con botes propios de los buques!... ¡A ver si nos ganan!

Hubo que intervenir el Comandante: no admitiría una nueva regata, la que ya seria inamistosa. De buenos deportistas era conformarse con las derrotas.

Bueno para decirlo: el escozor quedo vivo, a pesar del <<espíritu deportista>>.

Pero la <<Baquedano>> se vengaría del norteamericano. El 4 de julio de 1904 se encontraba en Chemulpo, puerto principal de Corea, y donde no hacía mucho los japoneses habían hundido al <<Variag>> y a <<Korietz>>, buques rusos.

Aquel día era el aniversario de los Estado Unidos, por lo que el Comandante del gran crucero-acorazado norteamericano <<cincinati>> quiso celebrar la festividad de su país con unas regatas internacionales. Esta vez se estipulo que participarían tan solo botes del servicio ordinario de los buques. A la meta se presentaron embarcaciones japonesas, norteamericanas, alemanas, inglesas, austriacas, portuguesas y la chilena. (eran los tiempos de la guerra ruso-japonesa y de la concentración en el oriente de unidades navales de casi todos los países de Europa).

El Brujo se dirigió a la meta de partida, sin animos: aun lo torturaba la derrota de la falúa yanqui. <<Por si acaso>> uno de los tripulantes del bote, escondió la bandera con el gallo bajo una bancada.

Un cardumen te botes. Todos los buques eran palcos, desde donde millares contemplarían a la interesante lucha internacional. El <<Cincinati>> probaba sus pitos y sirenas

 

- ¡Partieron!!

- ¡Apúrale << Baquedano >>!...

- ¡Adelante el <<Cincinati>>!

- <<Baquedano>> quinto o sexto!...

- Siempre adelante el <<Cincinati>>.

- (¡Brujo de porquería!).

- ¡¡<< Baquedano >>!!

 

Como si oyera el querido bote…

- ¡<<Baquedano>> entrando!...

Avanzaba arrebatador, en lucha enconada con sus vecinos…

¡Segundo <<Baquedano>>!...

La lucha se estableció con el bote norteamericano que uno o dos cuerpos iba adelante.

 

- ¡Cárgale <<Baquedano>>!

En cada <<paleada>>, metro por metro ganaba mar el Brujo.

- Ya alcanzo al <<Cincinati>> - ¡¡Lo dejo atrás!! ¡<< Baquedano >>!...

- un cuerpo adelante… dos… tres adelante… ¡Pamp! - (El pistoletazo de llegada).

No sé que tienen que ver los pelos de la cabeza con los nervios; lo cierto es que nos tiraban de ellos. ¡Qué jubilo!

Sin nadie ponerse de acuerdo, todos se fueron a los pitos y a las sirenas del buque, y, recordando al <<New Orleans>> en Wei-Hay-Wei, se formó una batahola frenética de gritos, silbidos, piteos y de campanazos repiqueteados.

El Brujo recobro su prestigio

- Cuando este Brujo se muera - pudo decir un grumete - le va a apostar en el aire unas regatas a las brujas, a caballos de sus escobas, cuando le ordenen irse al infierno… Y se las va a ganar, de seguro!

 

 

Cordialidad

Argentina

 

Pisstt!... ¡Suba!...

El guardiamarina argentino se sonreía y movía negativamente la cabeza. Conocía sus deberes: no podía moverse de su lancha que, atracada al costado de un crucero chileno, aguardaba al Comandante argentino que en momentos se encontraba de visita protocolar a bordo

 

Hacía frío en aquel Punta Arenas que semejaba un puerto de la Siberia con sus cierzos heladísimos que entumecían y con sus botes que pasaban con tripulantes barbudos y envueltos en pieles.

- … ¡Pissstt!... ¡Suba!...

- No, ché… No me está permitido…

 

Primeramente había sido un guardiamarina quien lo invitara desde el portalón; luego fueron varios los muchachos. Abajo, la lancha argentina se balanceaba con la marejada. Era una lancha limpia y elegante en cuya popa flameaba una bandera bicolor: dos fajas celeste y horizontales y entre ellas una blanca en cuyo centro amarilleaba un sol dorado. En la proa pendía un angosto y largo gallardete, distintivo de mando del Comandante. El guardiamarina, de píe en su lancha, miraba hacia arriba a sus camaradas chilenos, jovial a ratos y grave a veces al reflexionar que se hallaba a cargo de una delicada comisión de diplomacia internacional…

 

- Oiga, amigo… Suba por un par de minutos… Le tenemos preparado un forro interior para el frío…

- Gracias; pero no me está permitido, ché…

- Hágalo por el Sol de mayo y por la Estrella Solitaria…

- Déjense de <<macanitas>>, ché… No puedo…

 

Era el guardiamarina argentino un atrayente muchacho, casi un niño… Se conocía que vacilaba…

- Suba… Nos tomamos una sola copa a la salud de las dos patrias y baja en seguida a su lancha… Su Comandante no se dará ni cuenta…

- No lo conocen ustedes, ché… es un <<esturión>> que ve debajo del agua…

 

Tantos fueron los ruegos y las incitaciones que el muchacho argentino propuso:

- De una sola manera subo: si ustedes le piden autorización a mi Comandante…

 

Un chileno se dirigió a la cámara de Rompeacero; alcanzo hasta la puerta y regreso para decirle al argentino:

- Dice su Comandante que no tiene inconveniente…

- Si es así, subo…

 

Bajaron con el por una escala casi vertical y entraron a la cámara de los guardiamarinas. Algunas botellas al descorcharlas, saludaron  con sonoras salvas al visitante. El más elocuente entre los chilenos ofreció la primera copa:

- Por la Argentina, compañeros… Si a los de tierra los separa el macizo que se sabe, a nosotros nada nos separa ya que el mar nos es común y comunes las pellejerías de todos los guardiamarinas. Por la Argentina!...

- ¡Viva la Argentina!

- ¡Viva Chile!... - contestó el festejado.

 

El mozo listo y despierto, se paladeó.

- Me ha caído maravillosamente bien el forrito, ché… Si no es exigencia, repítamente la dosis para contestarle al elocuente que ha dicho esas lindezas despampanantes…

Y habló el joven representante:

- Por Chile, camaradas… Por el Cristo Redentor que desde las cumbres de los Andes nos dice que no deben pelearse los hermanos, y por este sabrosísimo forro que me canta que deben abrazarse los amigos…

Continuaron las salvas de las botellas. El Argentino tomo asiento familiarmente como en su propia casa y dijo:

- ¿Qué estarán haciendo mi Esturión y el Esturión de ustedes, ché? Con seguridad que en estos momentos los dos viejos se empalican y hablan sesudamente sobre el régimen ciclónico en el atlántico, sobre la carabina de Ambrosio y la Escuadra del Báltico… Mientras nosotros…

- Salud, ché…

-¡Salud, amigo!...

Tenía razón el muchacho. En efecto, en esos instantes en la sobria cámara de popa, el Comandante argentino, conversaba con Rompeacero, apoltronado ambos y sumidos en una gravedad solemne.

Un chileno preguntó al argentino:

- Diga: ¿los tiene a ustedes su Comandante a ración de bajadas? Desearíamos encontrarnos en tierra…

- Oigan… Le decimos al Esturión y es un pez con periscopio asomado en todos los vericuetos del buque: nada se le escapa… Y tiene la sangre helada.

No nos permite ni horchatas.

Las salvas recrudecían. El licor mareaba a los muchachos y les encendía los cerebros.

Se inicio el canto.

 

<< Allá en la América austral

<<nacieron casi gemelas

<<dos simpáticas chicuelas

<<que luego vivieron mal…

<<Después de su enemistad

<<triunfo la sana razón

<<y en una sola entidad

<<se unió la región andina

<<y hoy una sola nación

<<forman Chile y Argentina…>>

 

- ¡Viva Chile!...

- ¡Viva la Argentina!...

- ¡Salud!...

-¡Salud, compadritos!...

Un marinero llego apresurado

 

- El señor Comandante argentino y mi Comandante están listos en el portalón para embarcarse…

- ¡Se nos entraron el par de matalotes!... - exclamo uno sobresaltado… - ¡Apurémonos!...

 

Todos subieron con el visitante apuntolándalo y procurando ocultarlo, pues el argentino era incapaz de seguir rectamente un rumbo. El Esturión lo miró iracundo. Rompeacero fulminó con una mirada a los guardiamarinas chilenos. Pero ambos Comandantes discretamente callaron.

 

Esa misma tarde Rompeacero pagó su visita protocolar. Al regresar reunió a los guardiamarinas y con chispas en las pupilas les dijo:

- El señor Comandante del crucero argentino me ha impuesto de que su guardiamarina de retén se ha excusado ante él diciéndole que uno de ustedes habló con el señor Comandante para solicitarle su autorización para que ese oficial subiera a bordo, lo que me consta que no es efectivo. Hablo a oficiales de marina que no deben temer a las responsabilidades. Que se presente el culpable.

Se produjo el silencio. Un muchacho salió al frente:

- Fui yo, señor Comandante…

- Incomunicado hasta que resuelva su separación del servicio por tomar indebidamente el nombre de un Comandante extranjero, lo que constituya una afrenta vergonzosa para nuestra Armada.

El guardiamarina inclinó la cabeza con resignación.

 

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Al día siguiente Rompeacero se encontró con el Esturión argentino en un banquete en tierra.

- ¡Qué muchachos!...

- ¡Un desatino!...

Enlazadas las banderas argentinas y chilenas formaban columnas y doseles. El Esturión se sonreía con agrado. Rompeacero estaba milagrosamente contento; su alegría era la de un extraño sol sobre un enhiesto ventisquero… Los cuarentones recordaban sus pilatunadas cuando jóvenes:

- Estando en la <<Sarmiento>> en Nagasaki…

- Encontrándome en la <<Baquedano>> en Baltimore…

- ¡Feliz edad!...

- ¡ Dichosos tiempos, amigo!...

 

Una banda terminaba el Himno argentino:

<<Coronados de gloria vivamos                                                                                                                   <<o juremos con gloria vivir>>

Y comenzaba la chilena:

<< Alza Chile, sin mancha la frente,                                                                                        <<conquistaste tu nombre en la lid…>>

Argentinos y chilenos abrazados cantaban:

<< Allá en la América austral                                                                                                           <<nacieron casi gemelas>>

 

- Me agrada esta sincera unión - dijo Rompeacero.

- Me ocurre lo mismo - le respondió el Esturión argentino.

- No castiguemos al par de muchachos. ¿Qué le parece? ¡Entusiasmo de muchachos!

- Hace rato meditaba proponérselo… ¡Aceptado!

 

Rompeacero soltó la risa al decirle al argentino:

- El <<suyo>> caminaba por cubierta como si intentara hacer el <<ocho>> de una sola bordada.

- Y los <<suyos>> era una escolta de <<cachirulos>>, que malamente y entre tumbos pretendían extenderle cortinas al mío para que no lo viéramos… Ja, ja…

 

- A la salud de la alegre muchachada…

- ¡Salud!...

 

Fuego y rosa… Continuaba el canto:

<< Allá en la América austral>>

 

 

Un extraño

Cargamento

 

Murió nuestro amigo. Murió dos veces en el concepto de sus compañeros en la Armada: cuando se efectivo fallecimiento y cuando en el Centro de Ex - Cadetes en Santiago se le tributo un homenaje fúnebre. En esta ceremonia se extinguieron las luces. Una orquesta distante irrumpió con una música muy queda. Sobrecogimiento: ¿las canciones de Angelotti?... Sí. Sus canciones: <<Compañeros a sondar esta región desconocida>>… <<Para virar por avante con viento duro y mar>>… Alguien en las penumbras iba ilustrando cada periodo musical: <<Aquí Angelotti interpreta las nostalgias en las soledades de los canales con sones melancólicos… Aquí recobra sus habituales energías. Oídlo en esta parte como vibra su natural alegría>>…  Tan vivida era la evocación, que parecía encontrarse Angelotti en cuerpo y alma con nosotros. Se encendieron las luces. Se ausento; murió de nuevo. Lágrimas en muchos ojos.

 

Alto y arrogante, ultrasensible receptor de impresiones, de aspecto inspirado aunque hablara sobre vulgaridades, dudaban de su cordura los que no le conocían, no obstante ser un cuerdo en un probable noventa y cinco por ciento, cargando el saldo de cinco restante a cuenta de las veces en que las fiestas lo retenían, olvidándose en tales ocasiones de la hora, del <<bote de régimen>> y su buque. No era en exclusivo suya la culpa. Eran principalmente de sus admiradores, que se resistían a desprenderse de él, de sus entusiastas acordes en el piano, lo que atraía a los curiosos a las ventanas en las afueras.

 

<<Es todavía muy temprano. Unos momentos más>> - le decían.- Y se iban engrilletando los momentos, unos pos de otros, hasta más allá del amanecer. Cuando trasnochado llegaba a bordo de su buque, ya la bandera nacional flameaba en la popa, en pleno día.

Tan frecuentes se sucedieron sus retrasos, que el Director General, por un oficio que terminaba con un <<Dios guarde a usted>> <<tuvo a bien>> comunicarle un mes de arresto, con la inquietante conminación de que <<a la próxima>> sería llamado a retiro.

Grave sanción para un teniente, y más gravemente penosa por tener que cumplir su arresto en Valparaíso, a escasos centenares de metros distante del muelle. Su destróyer, al mando de don Carlos Ward, campeón de box con sus muy largos brazos cuando cadete.

 

El puerto era un mágico piélago de luces en cada anochecer, y que tantálico le ofrecía desde no muy lejos las tentaciones de sus resplandores, como una incitante odalisca enjoyada con resplandecientes brillantes.

Transcurrieron veintinueve noches de incitaciones y de impotencias, y, como por fortuna todo tiene su final, <<mañana>> terminaría el arresto y podría <<bajar a tierra>>. Desgraciadamente, en la tarde llegó la orden de zarpar al día siguiente el destróyer con destino a Coquimbo.

Hablaría con el Comandante, decidió. No era posible que por faltarle unas horas por cumplir su arresto, no se le concediera permiso. Después de cuatro semanas, tenía sus compras por hacer. No podía irse <<con el encapillado al norte>>.

Lo oyó el Comandante, y, como le guardaba particular estimación, le dijo:

- No ha cumplido aún su arresto; pero faltaré a mis deberes por esta vez… Muy bien… Puede bajar a tierra; pero no olvide que mañana a las seis de la madrugada en punto saldrá el buque… Y no olvide la disposición del Director General…

- ¡Cómo puede, señor, suponerlo!... En el bote de las doce de la noche me tendrá Ud. A bordo… Muchas gracias.

 

Bajó a tierra. Unos amigos de la Primera Compañía de Bomberos lo detuvieron en la Plaza Sotomayor. Rehusó sus invitaciones. Siguió su camino, encontrándose a cada paso con sus amistades.

- ¡Angelotti!... ¡Angelotti!... ¿Dónde has estado?...

- Enfermo… Me han prohibido beber… Gracias.

Compró varias cosas. Continuó rechazando invitaciones.

- No canto. Mala la garganta… Me lo han prohibido…

En la plaza se vió de improviso rodeado por unas buenas mozas.

- ¡Qué casualidad y qué oportuno encuentro!... Esa noche celebraban el santo de una de ellas, le dijeron.

- Gracias… No puedo asistir… El buque zarpa mañana al amanecer…

- A las once de la noche en punto lo despediremos…

- Perdóneme. No puedo.

Fueron tantas las insistencias, y eran tan simpáticas las amigas, que Adán fué accediendo.

- Pero, a las once en punto. Con esa condición.

 

Canto, piano, tragos, canto, despedidas, un <<otro momentito más>>, mortecinas luces a través de los vidrios, <<otro momento>>, brindis, canto… ¡las seis de la mañana!

 

Corrió al muelle. El destróyer era un penacho de humo en el horizonte.

Se abatió como un desplegado paraguas que se cierra… ¡Separado del servicio!

 

Compró un diario para imponerse de si algún buque mercante zarparía esa misma mañana para Coquimbo. Un buque de la Compañía de don Cristián Wiegand zarpaba precisamente a las nueve de ese día. Se encaminó a la oficina de la Compañía. Cerradas las puertas. << ¿A qué hora abren?>>, pregunto a un barredor de la calle. <<A las ocho>>.

(¡Qué país más desorganizado! ¡Qué empleados más flojos! ¡Abrir las oficinas a las ocho! ¡Deberían hacerlo a las seis de la mañana! ¡Con esta gente estaba arruinado el pobre Chile!). Tales fueron sus secretos reniegos.

Un empleado abrió por fin la puerta de la oficina y con él entró Angelotti.

- Me he impuesto de que hoy, a las nueve, sale vapor para Coquimbo.

- Sí, señor.

- Déme un pasaje de primera.

- No se puede. Es vapor de carga, y las autoridades marítimas prohíben conducir pasajeros.

Insistencias. Ruegos. ¡Imposible!

 

Abandonó desconsolado la oficina!... No podía resignarse a la separación de la Armada.

Su alto cuerpo se irguió para facilitarle a su cabeza algunas de sus tantas inspiraciones… La halló pronto, y regresó a la oficina, recibiéndole el empleado ya visiblemente molesto.

- Le he dicho, señor, que es imposible. ¡Sírvase no hacerme perder mi tiempo!

- Calma, señor burócrata. Un momento… ¿de manera que el buque sólo admite carga? - le preguntó Angelotti.

- Sí, señor… Ya se lo he dicho… Sólo carga; ni un pasajero.

- Supongo que como carga se admiten animales en pié.

- Sí, señor…

 

Meditó Angelotti unos momentos, y de pronto le dijo al empleado:

- Sírvase extenderme un boleto de carga para un buey…

El empleado lo miró muy extrañado…

- ¿Y dónde está el buey? - le inquirió sorprendido.

- No le importa… Póngale el peso máximo o el que mejor le acomode.

- Pero tiene que apresurarse en embarcarlo, pues el buque sale media hora más tarde.

- No se inquiete, señor. De éso me encargaré muy personalmente.

 

El empleado le extendió la orden de embarque y Angelotti le canceló los pocos pesos de su costo.

Apresurado se encaminó al muelle, y en un bote fletero llegó al buque, ya listo para zarpar.

Un oficial lo recibió. Angelotti le presentó el pasaje del buey.

- Muy bien, señor… ¿Y, dónde está el buey para izarlo a bordo?

- Ya esta izado… Yo soy el buey, señor…

El oficial creyó encontrarse ante un loco.

- Muy gracioso; pero no estoy para chistes… - le observó.

- Soy teniente de la Armada y le agradecería consultar el caso con el señor Capitán.

 

Los marinos mercantes son muy atentos con los oficiales de la Marina de Guerra, por lo que accedió a llamar al Capitán,  que lo era don Belisario Aguayo.

 

-¿Y el buey? - le preguntó con extrañeza.

- Señor Capitán, lo que voy a decirle es un desprestigio para los bueyes. Ni un buey habría cometido la insensatez mía… ¡Yo soy el buey!

Le refirió su percance, terminando por decirle:

- No quiero camarote. ¡Mándeme a una bodega… ¡Déme pasto aprensado; pero lléveme!...

El Capitán Aguayo le sonrió al oírle y le proporcionó alojamiento en su propio camarote.

 

Zarpó el buque, y en torno al buey y de su canto se hicieron más tolerables los balanceos:

 

<<Qui suó… qui suó…

Suono un poeta…

Qui cosa faccio:

Escribo…

E comme vivo; ¡vivo!

 

El capitán, impuesto de su apremio en llegar antes que el destróyer a Coquimbo, y en conocimiento de que éste se detendría en Tongoy unas breves horas, ordenó darle un mayor andar a su buque.

¡Coquimbo a la vista!... El destróyer no había llegado todavía!... Media hora después su espeso penacho de humo se dejó ver tras la punta sur de la bahía.

Ya Angelotti se encontraba en un bote, aguardándolo en su fondeadero.

El comandante Ward no podía convencerse.

- ¿No es Angelotti? ¡Es el mismo!

Al subir a bordo, y después de oírle, le dijo:

- Aquí estaba ya preparado el oficio, dando cuenta de no haberse embarcado y dejado su buque. Habría sido su segura separación de la Marina.

- Sus esfuerzos para restituirse a bordo no pueden desestimarse… -  agregó.

- Muchas gracias, señor.

- Estaremos en Coquimbo unos días, y unas semanas en Antofagasta y en Iquique… Como Ud. Lo sabe, yo no estoy facultado para arrestarlo más de cuarenta y ocho horas… ¡Qué prefiere? ¿Qué lo arreste durante toda nuestra permanencia en el norte, para lo cual no estoy facultado, o que le impongo cuarenta y ocho horas y, de cuenta a la Dirección General?

No vaciló Angelotti:

- No se tome esa última molestia, señor Comandante. Prefiero que Ud. Se extralimite…

Murió no hace mucho. Dos veces murió en el concepto de sus compañeros aquel trovador que no ha de morir jamás en los recuerdos de los que lo conocieron.

 

 

El faquir

De Ceylán

 

 

Con una floja de brisa del Este, a velas desplegadas, nos internamos en el Mar Indico, dejando al Oriente al meridiano de Sokotra. En la noche del 25 de marzo de 1904, avistamos el faro de la isla Minikoi, e hicimos rumbo a Ceylán, a la isla llamada por sus hijos: <<la perla del Asia en las sienes de la India>>.

Al subsiguiente día nos amarramos dentro de los muros del puerto de Colombo, hermosísima ciudad hindú-europea de magníficos hoteles y blancos palacios en un parque de palmeras, tierra de ébanos y de tamarindos, y en cuyos mares se ocultan las más bellas y las más antiguas perlas del mundo.

Un mes atrás, en Nápoles, nuestro buque se había visto rodeado de botes, en los cuales numerosos napolitanos nos cantaban sus canciones ardorosas. Dentro de sus sombreros caian las monedas que desde a bordo les arrojaban los tripulantes. ¡Aquella despedida de imborrable recuerdo! La <<Baquedano>>, lentamente dejaba a la <<piu bella citá situata infanti nel golfo di Nápoli>> y cien Carusos <<gondolieris>> y cien Tetracinis silvestres, seguían tras nuestro buque formando sus botes una escuadrilla desordenada y pintoresca. En actitudes teatrales, Carusos y Tetracinis, parados en las bordas, pulseando mandolinos y bandurrias, nos despedían agradecidos, confundidas doscientas voces liricas que cantaban:  <<Adío mía bella Nápoli>>

Cada puerto tiene su peculiaridad. Nápoles, sus cantores; Colombo, sus domadores de serpientes, sus vendedoras de zafiros y de diamantes falsos, sus faquires charlatanes y holgazanes, bajo una máscara de devotos ascetas. Todos ellos llegan a bordo a lucir sus habilidades, y a ganarse con ellas unas cuantas monedas.

Frente a una gran bola de cristal, un faquir nos predijo la fortuna a la mayoría de los oficiales. ¡Un comediante de la peor especie! A muchos predijo una próxima muerte, y viven todavía; a otros, una larga vida, y se han ido hace ya tiempo.

Era un <<faschar>> que vestía una capa de fieltro blanco. Sobre su cabeza, un turbante adornado con plumas y pierdas falsas que espejeaban colores de fuego. Cenicienta cara sobre cuya obscura piel contrastaba el blancor de unas albas barbas largas.

¡Nos mintió! Pero, ¡ay! si hubiera dicho la verdad: de seguro que el <<kaschkul>> que nos estirara para recoger nuestras monedas, hubiera sido arrojado vacío al agua.

 

Hace años. Hoy sabemos la verdad. Sabiéndola, tomo el puesto de faquir, me cubro con la capa de fieltro blanco; puéblanse de blancas barbas mi cara. Soy un <<madschzub>>, un inspirador faquir que llega en marzo de 1904 a bordo de la <<Baquedano>>. Murmuro unas oraciones en un idioma impenetrable, y saco mi esfera de cristal que irradia luces misteriosas. Apoyo mi frente sobre mi báculo y quedo sumido en religiosa meditación.

Veintisiete oficiales, de Comandante a guardiamarina, me rodean, complacidos y confiados. Pero yo les diré la verdad, la amarguísima verdad a muchos, temblando el faquir para decirle después angustiado:

-<< La verdad no pertenece a los farsantes, y sea loado el ignorarla>>…

 

Avanza Jorge Mery, segundo Comandante del buque, esbelto y hermoso como un héroe novelesco. Sonríen sus grandes e inteligente ojos. Un porvenir que es una gloria piensan todos, incluso él mismo, que se conoce. Es el más joven de los capitanes de corbeta de la Armada; el mimado de la buena fortuna; el caballero Bayardo como todos lo llamaban.

Extiendo mis manos sobre el cristal. Me prosterno y medito:

- ¿Qué me predices?

- Veo cubrirse tus bocamangas con muchos galones gruesos. Rápido ascenso.

Mery sonríe

- Te casarás muy luego con quien ha sido el mejor sueño de tu vida.

Sonríe Mery.

- El cristal se empaña… Nacerá tu hijo.

Me detengo. No me atrevo.

- Habla - me dice Mery inquieto.

- Nacerá tu hijo y morirá al mismo tiempo la que fuera tu más bello sueño.

Mery palidece.

- Sigue - exclama imperativo.

- Ya no levantaras la cabeza. En tu brillante inteligencia germinara la locura…Y morirás joven.

El caballero Bayardo se retira vacilante.

- A ver tú. ¿Quién eres?

- Tomás Greene.

Reboza salud. Colorado, mofletudo, grueso, mira algo burlesco con sus ojillos grises perspicaces.

Observo mi cristal. Con voz apagada le digo:

- Te quedan meses de vida. Llegaras a tu patria y fallecerás dentro de poco.

Los que rodean gritan:

- Es un farsante. ¡Fuera! ¡Fuera!

El terror los domina. Ya no llegan sonriendo ante mi esfera de cristal.

Solo Gándara se acerca festivo como siempre. Hace un gesto de incredulidad.

- Veamos, viejo - me dice.

El cristal resplandece.

- Tus dos delgados galoncillos de teniente se transformaran en cuatro gruesos galones de navío.

- No está mal - dice Gándara.

- Se ensombrece el cristal. No alcanzarás a ser lo que legítimamente ambicionas. Se cortara tu carrera, todavía joven. Morirás de navío, deseoso de alegrías y más alegrías, de luz y más luz.

En Gándara se apaga la risa.

Y van desfilando ante mi esfera todos los oficiales. Luis Pepper, guardiamarina de 2ª, irónico, altisonante, me pide que le prediga su fortuna.

- Llegarás a teniente 1º. Morirás luego después.

Llega el guardiamarina Julio Caldera. Enmudezco. Es un niño todavía.

- Veo un buque en alta mar. Se hunde. Te arrastra en su hundimiento. Eres su Capitán. Bregas en las olas. Te ahogas. Veo tu cuerpo extendido en una playa.

Eugenio Sanchez Muñoz, otro guardiamarina, atrevido en sus desenfados, un robusto cerebro, un carácter fuerte, solicita mis servicios.

- Te retiraras con un galoncillo. Te sonríe la fortuna en tierra. Decrece tu buena fortuna y mueres.

- ¡Basta! ¡Basta! - gritan todos.

 

El Comandante Gómez Carreño se abre paso con su arrogancia. Su voz bronca, acostumbrada al mando, resuena. Amplia y anchurosa frente; dominante de aspecto.

-  ¿Qué me predices farsante?

Me inclino como ante un Monarca. Limpio mi cristal sobre el cual clavo mis ojos.

- Veo un terremoto… Se derrumban casa... Incendios… Tomas el mando militar… Tu fama se esparce. Eres el primer hombre del país… Sigues subiendo las cumbres… Contraalmirante… Vicealmirante… Todos te reverencian…

Me callo. Me amedrento.

- ¡Continua!... - clama imperativo.

- Un automóvil corre… Te vuelcas… ¡Mueres!

El terror culmina.

- ¡Fuera!... ¡Fuera!... - exclaman todos.- ¡Farsante!

Me descubro.

- No temáis, amigos míos - les digo.- Ha sido una farsa. Soy uno de vuestros compañeros que se ha disfrazado de faquir.

Pero, yo, que sé la verdad, después de vividos estos años que han transcurrido, digo:

- <<La predicción de la vida no pertenece a los farsantes y sea loado el no saberla!

 

 

Frágil

Velamen

 

 

No lo busquéis a bordo. Ya no está en la Marina. Tantos cántaros suyos habían ído al agua que lo despidieron del servicio.

Al despedirse para siempre a bordo, se alejó sonriente. Al llegar al muelle volvió la vista hacia su buque, que, como un cofre sagrado y fragante, guardaba los mejores pedazos de su vida; y se empañaron sus ojos. En seguida, triste y silenciosamente se perdió entre el tumulto de la ciudad indiferente.

Sus compañeros lo llamaban <<El loco>>. Pero no era precisamente un loco. Era una mezcla extraña: un lodo, un cuerdo, un puritano, un calavera, un arzobispo y un bandido, según las malas o venas brisas que impulsaron al frágil velamen de sus deseos. Y por sobre todos sus defectos, el alma eternamente buena, la eterna primavera de un eterno niño.

 

Félix Lamarza se vestía apresuradamente de paisano, dejando en confuso desorden el uniforme que se quitara, disparado en todos los rincones de su estrecho camarote. Mientras se vestía  y caminaba de un lado a otro, cantaba alegres canciones napolitanas, cuyas palabras él no las entendía ni mucho menos se las hubieran comprendido en Nápoles.

 

Dos cornetazos se dejaron oír en cubierta, anunciando que el bote de régimen se encontraba ya listo.

 

-¡Diablos!... exclamó Lamarza. - Ya está listo el bote.

 

Cerró con estrepito la puerta de su camarote y subió a grandes zancadas la escalerilla que comunicaba a la Sala de Armas con la cubierta.

- ¿No han tocado tres todavía?

- No - le respondió un oficial. - Faltan unos minutos para las ocho.

 

Lamarza no ocultaba su alegría. Alborozado, miró a la luna que plateaba al buque y que extendía un movedizo manto de nácar fosforescente sobre las cabrilleantes aguas.

 

- ¡Hermosa noche! - se dijo.

Y era en verdad, hermosa aquella noche.

Se dirigió al portalón y bajo la escala real que conducía a la embarcación que aguardaba atracada al costado del buque.

 

- << ¡A dejar oficiales! ¡Larga! ¡Regresa a bordo!>> - ordenó el oficial de guardia desde la cubierta.

Los remos se alzaron en forma de abanico; con un golpe seco cayeron sobre la borda, y, cual descarnadas, largar y blancas alas, se extendieron, sumergiendo sus palas en el agua. Pronto el bote viró y se puso en movimiento hacia el muelle, hacia la ciudad, que semejaba un inmenso y fantástico fanal tachonado con millones de luces.

Así como en ciertos días de festividades los buques empavesan sus mástiles con pintorescas banderolas, adquiriendo el buque un vivo aire de fiesta, así iba la cabeza de Lamarza: empavesada de fiestas interiormente.

Sin él no podía haber fiesta entretenida. Como un rio de oro se desbordaba el tesoro de su juventud y de su alegría contagiosa.

- El loco!... El loco Lamarza! - gritaban hombres y mujeres cuando lo veían aparecer. Y la fiesta que languidecía súbitamente se animaba con solo aparecer en el umbral de la puerta la cara risueña del Rey de la Alegría, del simpático loco.

 

Tenía razón para sentirse contento aquella noche, pues en tierra se encontraría en Rubí, a quien llamaban la Duquesa del Bal Tabarín, cuyos nobles blasones consistían en gustos ducales: champaña, automóviles y collares de perlas.

 

¿Cómo es que él, que ni con un año de su sueldo hubiera alcanzado a pagarle una hora de sus gustos a Rubí, habíasela conquistado con aquella fama que ella tenía de mujer interesada? ¡Un raro capricho! Tal vez la hermosura varonil de aquel deschavetado que algunas mujeres sensibles se lo imaginaban un pequeño Lord Byron, elegante y calavera. O bien el contagio de la cadenciosa música del baile de la última noche, en la que ella, arrastrada por él, habíase sentido admirada por los centenares de ojos que les seguían, proclamándolos a ambos como la mejor pareja, mientras los violines iban repitiendo con el baile su nombre de la Duquesa, nombre que enloquecía de placer y de satisfacción orgullosa:

 

<<Frufrú del Tabarín>>

<<desprecias la virtud…>>

 

Al despedirse de Rubí, habíalo ella invitado para la noche siguiente. Era carnaval. Hombres y mujeres, vestidos de romanos cenarían en triclíneos, recostados a la romana, lloviendo rosas.

 

- No falte usted - habíale dicho Rubí.  - Algo me dice que vamos a ser dos esplendidos amigos.

- Más que amigos - habíale contestado Lamarza - Un Duque del Tabarín; eso quisiera…

- Si usted no falta…

Y esa noche, al bajar a tierra, el loco sentíase más que Duque.

Al recordar a su gentil Duquesa, dilato su pecho para respirar con regocijo el deleitable airecillo fresco y salobre que soplaba débilmente sobre mar plateado. Antojábasele demasiado largo el trayecto al muelle y tuvo intensiones de ordenarle, a los bogas que apuraran sus remos. Pero ya llegaría a tierra. Era un poco más de las ocho y la reunión se iniciaría como a las diez y media…

 

Una vez en tierra, pensó que sería conveniente presentarse con algún regalo para Rubí y sacó mentalmente sus cuentas. Descontados sus gastos, le sobrarían unos pesos; una insignificancia, prefería llegar con las manos vacías. Pero quién sabe si viendo con calma las joyerías del centro no encontraría algo de buen gusto por aquel precio…

 

A medida que andaba pensaba: cómo a esas horas Rubí alistaría su casa para recibir a los amigos. Había dicho que decoraría el comedor con copihues blancos y rojos, sin respeto a la verdad histórica, trasladando las selvas de Arauco a la Corte de los Césares… A las once, vestidos de romanos, recorrerían los sitios en que se celebraba el carnaval, y, a la una, la gran cena a la romana, lloviendo rosas. Y él, al lado, en el mismo triclíneo de Rubí, sería su gran Duque…

Pero no encontraba alhaja que le agradara. Vió un pendantif  que lo entusiasmó: perlas, rubíes y brillantes sobre una filigrana de platino. Dos mil quinientos pesos. - ¡Cómo cuestan caras estas necesidades por las cuales son capaces de perder la honra y asesinas las mujeres, - pensó el loco.

Rubíes… Rubí se llamaba la Duquesa. ¿Eran azules o verdes sus ojos?

 

- Para lo que me importa - se dijo.

De escaparate en escaparate llegó hasta una vidriera iluminada con profusas lamparillas. Sobre gruesos cristales sostenidos por dorados bronces, entre terciopelos anaranjados, azulejos y oro, vió una colección de zapatos de mujer que abrían sus bocas como un tibio nido de raso. Recordó un pié pequeñín y unos tobillos finos. Incuestionablemente, Rubí era intachable desde la punta de sus zapatos a la nuca de su cabecilla loca.

 

A poco de detenerse frente a aquella vidriera, vió a una demacrada mujer del pueblo con ojos codiciosos observaba los elegantes zapatos. Lamarza la miró. Llevaba la mujer unos viejos botines rotos. El loco experimentó un súbito sobresalto de compasión.

 

-¿Le gustan esos zapatos, señora?

La mujer bajó la cabeza

- Estas cosas son para los ricos y no para los pobres, señor.

Repentinamente a Lamarza acudió una idea que él consideró genial: espantar a aquella mujer y hacerla creer como si estuviera soñando…

- Tenga la bondad de entrar - le dijo.

La mujer, temerosa de una burla, quiso resistirse; pero Lamarza la tomó de un brazo.

-Elija usted zapatos. No tenga miedo. Aquí hay plata…

Y depositó un grueso fajo de billetes sobre el mostrador ante el asombro de los dependientes.

- Dele usted a esta señora tantos zapatos cuantos se puedan pagar con este montón de pesos.

La mujer lo miró asombrada, pensando encontrarse ante un loco, e imaginando aquello como la fugitiva impresión de un sueño. Lamarza ayudó a la mujer a acomodarse el abultado paquete.

- Que pase usted un buen carnaval con tacones dorados, señora - le dijo, despidiéndose ceremoniosamente.

 

Salió diciéndose:

- Adiós fiesta y adiós el diablo de la Duquesa con su cena a la romana y sus lluvias de rosas.

Una voz agradecida le gritaba tras sus espaldas.

- Gracias, señor.

Lamarza no la oía, ni quería oírla. Tomó un coche y se dirigió al muelle.

Una vez a bordo llamó al oficial de guardia. Soltó la rosa, franca y limpia como una cascada de vertiente, y le refirió lo que él pensaba un divertido lance.

 

- ¡Hubieras visto sus ojos espantados. Imagínatela! ¡Pobre mujer! Le tuve un poco de lástima. Los pesos me hubieran durado horas y ella, en cambio, tiene cuento para toda su vida y zapatos para mucho tiempo, si es que no los empeña…

 

Su amigo le dijo benévolamente:

- Hoy el santo de tu devoción debe haberte anotado una buena nota en tu mala hoja de servicios.

- Hay que recuperar las malas… Debe tenerme en la lista negra el zorro viejo.

Guardó silencio y se quedó pensativo. Al cabo de un momento dijo:

- Pero la del diantre es que ahora me están, bajando deseos de ir a ver a mi Duquesa. Si tuviera plata me lanzaba por el bote de las once. Pero no tengo. ¿Podrías prestarme hasta el primero?

- Lo siento, loco…

- Es una lástima… Simpática la Duquesa.

Y triste se pensó pensando en su Duquesa y en las lluvias de rosas…

Tal era aquel loco que un día triste y silenciosamente, se perdiera entre el tumulto de la ciudad indiferente…

 

 

El último

Managua

 

Pancho Velacho?

- ¿Y cómo se acuerda, señor?... No es de admirarse: no hay quien al tiro no me conozca aunque hayan pasáo años: debe ser la estampita que me gasto, de esas que no se olvidan; no todos tienen mis orejazas de argeneo de boya y esta preciosa nariz que es un espolón del Prá… ¡Los galonazos que lleva!... ¡Cómo pasa el tiempo! Lo conocí cuando usted era guainita de chaqueta corta y con tres botones no más en las bocamangas en el <<Oíngene>>… ¿Se acuerda que me tuvieron una semana de plantón en la bita de popa a babor del <<Oíngene>>? Me acuerdo que estando usted de guardia pasaba reseco por mi lado y oía a un gato que maullaba; hacía usted buscar al gato y no lo hallaba renunca. Ahora se lo puedo decir: yo era el gato maullaor paráo en la bita!... Já-já-já… Bonita la vida de a bordo entonces!... Aunque retirádo no he olvidao a la Marina, que hoy es harto distinta de entonces. Ya uno no puede platicar con los managuases de ahora: le hablan a uno de giróscopos, de fáyar control y de válgulas heteroínas… Ya no hay acordiones a bordo sino que usan vitrolas; ni bailan cueca sino que tangos y fostrotes… ¡Está perdía la Marina! Apuesto a que en la actualidá al nudo de rizo lo llaman nudo de rosa… ¡Si hasta se cuadran como los milicos los managuases: juntan y hacen sonar los tacos y se ponen tiesos como espeques… ¡Está arruiná la Marina, señor! Eran mejores nuestros tiempos en que nos enganchaban pal servicio. Yo era de Chillán Viejo cuando llegó a mi pueblo un managuá de chompa y que encaramao en un escaño de la plaza discurseaba y discurseaba como un vendedor de remedios pá sacar muelas sin que a uno le duela. Tenía un diente dioro y dioro debía tener también la lengua por hablar tan relindo el tejo… - <<No hay, como la Marina - decía. - Viajes a las Uropas, pago en oro, mujeres que a uno se lo pelean y ropa de valde como la que llevo. Yo he tenío muy buenaza mano pal enganche. ¿No conocen ustedes de nombre a un tal Jorges Món? A ese gallito lo enganché yo no hace mucho y ahora es Director General de la Armá y es Armirante y hasta fue Presidente de la República>>… Me quedé boquiabierto cuando oyí lo del Armirante y me pesqué del espinel del enganche y me hice apuntar el nombre. El Diente Dioro me queó mirando y dijo: - <<Me felicito de haber engancháo a este mandarúno que tiene facha pá Comandante de Acorazáo y que hasta se parece en la nariz al espolón de uno de los buques que tenimos>>. Así fue como me embarqué, tocándome el mismo buque del managuá discurseaor, al que lo encontré pelando papas pal ranho al otro día… Bueno el paliquero grande! Já-já-já Que bonita la Marina entonces!...

 

-…Me retiré voluntario a la fuerza, señor… Cuando el <<Oíngene>> llegó a Talcaguano después del abrazo en el Estrecho de los Presidentes Don Roca y Don Errázore, nos dieron cuatro días de permiso pa refrescarnos. Yo me juí a refrescar a Quiyota, a la casa de una comadre recariñosaza y una hacha pá las fiestas. Al cuarto día le dije a la comadre y a los presentes: -<< Ya está bueno que la cortemos, porque se me le acabó la plata y el permiso>>… - <<No te váis ná mejor… - me dijeron>>. Yo me puse harto fachoso y como ese caballero de listoria que lo mentan Don Manuel Roidrigue y que dicen que poniéndose la mano al pecho les dijo a unos cuantos: - <<Aún tenimos Patria, ciudadanos>>, - me puse también una mano al pecho y con lotra mano en un potrillo de chacolo, les dije bien reserio a los fiesteros: << El deber es el deber y el deber es sagráo y me voy si uno de los que quiere que no la cortemos no le pone al tiro un telegrama al Comandante del <<Oíngene>> en Talcaguano diciéndole que me prolongue el permiso porque se me le murió la madre y que el Contaor me mande plata pá los funerales>>…

Y salió el telegrama… como a los diez días me bajó cargo de conciencia por no llegar contestación alguna. -<<Ahora si es cierto que me voy, porque el deber es sagráo>>… Y las eché pá Talcaguano a mi buque, en donde me encerraron en una garita. Como me volviera alegaor, el guardiamarina del entrepuente me abrió un libro de los permisos del año pasáo, en donde decía: - <<Marinero Velacho… Cinco días de permiso por morírsele la madre en Temuco>>… ¿Cuántas madres tenís entonces? <<Oiga, mi guardiamarina - le dije secándome los escobenes de los ojos pá  que viera que era verdá… - esta vez si que es cierto que se me le murió la madre>>… El Consejo de Guerra me condenó por desertor. Cuando me lo notificaron le dije entonces a mi Capitán: -<<Si me han de echar tan injustamente, mejor me retiro voluntario>>.

-… Por eso dejé a la Marina, señor, por la injusticia tan regrande que me hicieron. Porque vamos viendo: si dije que se me le había muerto la madre, la madre era mía y no de ninguno de los que querían echarme; y si no se me le había muerto, mucho mejor tuavía. ¿No le parece? Pero con todo, era mejor antes… Ahora los managuases andan hasta con relojitos de pulsera pá que no los deje el bote, y no se entretienen con comadres quiyotanas, sino que sacan a pasear las crías en cochecitos de guaguas con la señora a un costáo, de guante la prójima que les pide cuenta hasta del último cobre pá pagar la <<casa propia>> y la cuota pá la vitrola… Está arruiná la Marina, señor!...

 

 

De Tierra


Caballeros

Rústicos

 

 

Gracias, amigo José Luis por haberme brindado hace algunos años, una de mis mejores épocas. En su pueblo natal, en Mulchén, paseábamos en <<caiques>> por el <<Cuerno de Oro>> como él llamaba al pintoresco río que circunda al pueblo: al Bureo que, entre encajes de helechos y de sombras de sauces melancólicos, corre limpio y terso. El <<caique>> - (un gran bote fluvial) - repleto con buenasmozas. Tardes tibias de Enero. Música al compás de los remos. Veinte voces que cantaban a un mismo tiempo. Y una voz que cantaba sola: <<Quiero morir cuando el sol se oculte>>… como el sol de los israelitas en cierta batalla famosa, ojalá que se hubiera detenido para siempre el sol para que no se muriera la cantorcita linda…

Aún saboreo el fragante chacolí de Santa Rosa, refrescante bálsamo entre dulcecillo y agrio que sabia a mieles en un potrillo que misericordiosas manos nos dejaran todas las noches sobre nuestro velador, para refrescar las llamas de tantas fiestas. Cuadrillas imperiales en un gran baile en el Club social del pueblo. Y este humilde servidor, del brazo de la señora Gobernadora. ¡Cómo avanzaba aquí y retrocedía más allá en su imperial cuadrilla! ¡Cómo hacía venias a lo Rey Sol y cambiaba de manos y hacia molinetes y lanzaba sonrisas discretas y daba saltos de cabro nuevo al compás de una orquesta oculta tras unos follajes florecidos de lamparillas eléctricas… Todo fue hermoso y grato… Gracias,  José Luis!

 

Y entre tantos amables recuerdos figura una visita a uno de los fundos de un hermano de mi amigo, a uno de los fundos de Zenón. Los cerros formaban un nidal muy vasto, y dentro del extenso nidal, como un dilatado mar, se extendían los trigos maduros. Ondulaban los trigales que se internaban en las quebradas, formando golfos dorados. Como enarbolada mar, se rizaban las espigas rubias, formando olas que se quebraban contra las riberas de los lejanos cerros, remontándolos como rompientes de temporal, encrestadas con espumas de oro.

 

Nuestro amigo Zenón nos explicaba el cultivo de sus tierras, instructiva charla agrícola que oíamos como una vez en un teatro las teorías del sabio doctor Einstein: con inteligente cara.

 

De cuando en cuando, el administrador del fundo, un hombretón con un vozarrón de trueno, bajo cuyo abultado peso se arqueaba la potranca que montaba, se nos iba a la carga como un tábano molesto.

Nos decía:

-<<Apriete más las piernas, mi tenientito… Sujétele más las riendas a la bestia… No meta tan adentro el pié en las estriberas… Lucidos quedamos si nos larga el ancla y se fondea en el suelo>>…

 

Nuestro amigo Zeñón se quejó de las dificultades para comunicarse con sus dos fundos, distantes unas cuantas leguas del pueblo en que residía.

 

Agrícolamente ignorantes, aprovechamos aquella favorable ocasión para desvanecer nuestra ignorancia total.

 

-¿Por qué no instala usted un servicio de teléfonos rurales?

El embromado administrador le clavó las espuelas a su potranca y se nos plantó al lado…

- Déjese de <<teléfonos>> y de vainas, señor… Con esta potranca, que es de las peores en el fundo, de un galope uno se pone en media hora en el pueblo para cualquier recado que se ofrezca.

Contorneamos el trigal. Un brazo de río pasaba por las inmediaciones de la casa del fundo, escurriéndose entre estrechos barrancos. Aprovechamos esta nueva ocasión para insinuarle a nuestro amigo Zenón otro adelanto moderno.

-¿Por qué no instala en este riachuelo una pequeña turbina a la que podría acoplarle un dinamo de bajo voltaje y obtener luz eléctrica a muy poco precio? Usted tiene, mi amigo, una riqueza imponderable en las vecindades de estas casas: tiene la <<hulla blanca>>… Con lamparillas de unos 30 volts podría iluminar esto como de día y hasta servirle la planta eléctrica para batir mantequilla…

 

Nuevamente el cargantón del administrador se nos puso al lado…

- ¡Déjese de cuentos y de <<uñas>> blancas, señor… Eso estará bueno para sus buques… con un tarro de parafina <<tenimos>> para los chonchones y para alumbrarnos mejor que en uno de sus acorazados…

 

¡Vainas!... Muy pronto el ignorantón encontraría el sable para sus vainas, en un hombrecillo enclenque, viejo, aceitunado, que en mangas de camisa e inclinado sobre un banco de carpintería, cepillaba unos maderos.

 

El administrador se le acercó, le arrebató uno de los palos que cepillaba y se colocó sobre los ojos cual se apuntara una escopeta.

- Pesimamente mal <<acepillado>>… ¡Todo chueco! - exclamó con su vozarrón de trueno… - Y volviéndose a mi amigo Zenón, agregó:

-Estamos tirando la plata… Este viejo no sirve ni para maldita la cosa… No sabe ni <<acepillar>> un palo para las carretas… Lo mejor será que tomemos otro…

El vejete tomó su palo e impasiblemente continuó sacándole virutas.

 

Nos alejábamos y todavía el administrador seguía vociferando contra don Chuma, el viejo carpintero…

 

-Además es un enredoso, patrón. Siempre anda con cuentos. Hay que despedirlo… Ya tengo a otro medio tratado…

 

Calmosamente don Chuma se encamino hacia nosotros, diciéndole con toda humildad a nuestro amigo don Zenón:

- Deseaba arreglar ante su merced unos asuntitos pendientes con el señor administrador…

-   Ya <<venís>> con tus enredos de siempre. Anda a cepillar esos palos - le gritó el administrador.

- Con el perdón de su merced, son otros los palos que vamos a cepillar delante del patrón…

-<<Andavete>>.

- Habla… - le dijo con autoridad mi amigo…

-¿Se acuerda, su merced de don Zenón, de mi hija, la Clarisa, una chiquilla de sus dieciocho, que estuvo de suplente el año pasado en la casa de misiá Rosa?

- Sí

-Pues, señor, el hijo del señor administrador la ha tratado como si la niña fuera su señora propia…

¡La cara que puso el pesadote! El humano envoltorio que sobrellevamos, fue hecho, según las Sagradas Escrituras, de barro… El barro se nos coló, sin duda, su poco también por dentro, pues a veces tenemos unos sentimientos verdaderamente fangosos… Me alegré al ver los apuros del tábano con vozarrón de trueno…

Intentó hablar el administrador.

- Deje hablar al maestro… - le dijo secamente mi amigo, que recobraba toda su autoridad de señor.

- El verano pasado, señor, llegó de vacaciones al fundo, el hijo del señor administrador, un mocito de sus diecisiete… Junto con llegar, empezaron las invitaciones a mi chiquilla a la casa del señor administrador, armándose unas curaderas con remolienda.

- ¡Mientes!... -vocifero el aludido…

-Déjelo hablar- ordenó de nuevo mi amigo.

- El señor aquí presente - continuó don Chuma - en persona me invitaba a la chiquilla a sus curaderas, para buscarle entretenciones a su hijo.

- No veo que haya nada de malo en invitar a alguien a la casa de uno… - dijo el administrador ya algo más consecuente con causa de la firmeza que demostraba ahora el dueño del fundo.

- Si no había nada de malo, ¿por qué entonces nos invitaba a la chiquilla y no nos invitaba a sus padres junto con ella?... - respondió don Chuma con aplastante lógica. - Es que usted, señor administrador, les hacía de tapaderas. Si no había nada de malo ¿cómo se entiende entonces que mi chiquilla saliera después con su domingo siete?

Acorralado en el tábano, renuncio a la <<ofensiva>> y se concreto a defenderse, diciendo:

-Tocante a lo del nacimiento de la criatura, no podría negarse, patrón; porque está a la vista… Pero tocante a mi participación en estos líos de muchachos, no he tenido injerencia…

- Yo se lo advertí una vez… - le dijo el implacable vejete.

- Lo que es verdad, es verdad, don Zenón… Me lo advirtió el maestro… Pero también es cierto que cuando me lo advirtiera, mande a mi muchacho al otro fundo, al Santa Rosa. Pero todo inútil, señor… Llegada la tarde y el niño se las <<echaba>> de a pié, porque hasta los caballos se los había yo prohibido. Y volvía a juntarse con la hija de don Chuma ya en los cerros o a la orilla del río, o en cualquier parte en donde yo no podía verlos… Y pasó lo que pasó, pues, señor…

El vejete se engalló y saco una vocecita que no hubiéramos sospechado en su menguada catadura…

- Debió entonces encerrarlo… - dijo.

-Las cosas de don Chuma!... ¿Qué es niño chico usted?... Si lo encierro, me hace tira los candados… Cuando dos andan templados no los sujeta ni el mismo diablo, señor… ¿Se acuerda, don Zenón, del toro Clavel que teníamos en Santa Rosa y que no queríamos que se juntara con la vaquilla holandesa?... Contra nada, señor. El Clavel nos rompía los cercos, nos levantaba las trancas y al rato después estaba al lado de la ternera… Nos costó más de 500 pesos la compostura de los cierros para que al fin de cuentas el Clavel se riera de nosotros… Con el perdón suyo, don Zenón, lo mismo pasa con los cristianos jóvenes cuando andan enamorados… No hay candados ni trancas que los sujeten… No nos hagamos los de las chacras, que por algo somos ya viejos…

Mi amigo Zenón cortó por lo más recto.

- Siento mucho lo ocurrido en mi fundo, y esto debe tener su arreglo…

- Eso mismo es lo que yo ando buscando, su merced… - contestó triunfante don Chuma. - Y el único arreglo que yo veo es que se casen los niños.

Iracundo saltó el administrador.

- Nunca, señor, ni aunque me echen del fundo… Miren que es <<lógica>>… Casarse mi hijo, un niño aprovechado que lleva quinto año de humanidades en el Liceo de Temuco, con la hija de don Chuma… Nunca… Pobres seremos; pero… <<tenimos>> nuestros orgullos.

-Pues si ustedes no se avienen… - interrumpió a mi amigo - este es un asunto que debe arreglarse ante la justicia…

- Mil justicias que intervengan, don Zenón… ¡Nunca!...

- ¿Y tú, qué dices?

Medito el vejete.

-No me gusta meterme en enredos con la justicia, señor… Estas son cosas que se deben arreglar a la buena… Si el señor administrador no quiere que mi chiquilla se case con su hijo, porque nos mira en menos, que entonces nos fije algo para la mantención del niño. Somos también pobre y una boca más, aunque chica, algo come.

- ¿Cuánto <<querís>> que te demos? - le preguntó aliviado el tábano de voz gruesa.

Se quedó meditabundo el vejete. Después de un rato de pesada meditación y de cálculos mentales interiores, dijo:

- Serán unos treinta pesos al mes, pues, señor…

- convenido… Treinta pesos mensuales! - asintió al momento el señor administrador.

 

Esa tarde paseamos en <<caiques>> por el <<Cuerno de Oro>> del Bureo. Música. Cantos. Coros de buenasmozas. La civilización con todos sus refinamientos excelsos. Pero algo me intrigaba… ¿Vale más la ciudad con sus teléfonos y luces eléctricas que el campo con sus potrancas y chonchones a parafina? ¿No son más felices los caballeros rústicos, como el señor administrador y don Chuma, que en treinta pesos avalúan cosas por las cuales los de la ciudad se dan de balazos?... Prefiero los rústicos caballeros de las campiñas!

¡Gracias, José Luis, por regalarme con unas de mis mejores épocas!...

 

 

José Fernández,

Versátil

 

 

Si hay algo que nos lastima y entristezca más, es, sin duda, la ingratitud de un amigo. Junto con José Fernández habíamos cruzado el charco en nuestras tantas peregrinaciones marítimas, en íntimo consorcio. Mis cuellos y mis corbatas, en un comunismo evangélico, José Fernández cínicamente los había usado como suyos en muy repetidas ocasiones. Hasta setenta pesos habíale yo facilitado cierta vez, para librarlo de un grave apuro, pesos que jamás pensé recordárselos. Emparentado desde siglos con un Oidor de la Real Audiencia de los tiempos de Amat y Juniet, y por lo cual hallábase muy ufano, tenía sus orgullos de raza y a muy pocos distinguía con su excelsa amistad de hombre de rancio linaje. Flaco espíritu el nuestro: sentíame halagado con la distinción que me hacía. Hasta tales extremos me había extendido sus favores que, al casarse con una distinguidísima dama de elevada alcurnia, me honro designándome padrino de sus bodas.

¡Encantadora mujercita la de José Fernández! Tanto influyeron sus encantos en mi amigo que, a las pocas semanas de casado, al recibir una orden de dirigirse al Cabo de Hornos, prefirió el dulce y tibio tálamo a la angosta litera de su camarote, y se retiró del servicio de la Armada.

Continuamos siendo tres amigos. La gentil esposa de mi ahijado Fernández, regalonamente empezó a llamarme <<su padrino>>, en obsequio a nuestra amistad.

Pero nada es perdurable en este mundo. Un día encontré a José Fernández tornó a no reconocerme, deteniéndose ante una vidriera con manifiesta intención de escabullirme el saludo.

- ¿Qué le pasa a José Fernández, que ya no conoce a sus amigos? - le pregunte a uno con amargo penétrate desconsuelo.

- No es el único a quien no conoce. Tomó unas acciones en la Bolsa y se ha levantado una fortuna…

¡No es creíble! ¡José Fernández no tenía chapa! No ha podido todavía cancelarme setenta pesos que me debe!

 

Volví a encontrarlo, y volvió a mirar las vidrieras. Lo borré de mi lista. Su retrato de casaca y charreteras, junto con el de mi linda ahijada, los partí en pedazos y se los arrojé a las escobas.

- El muy fatuo… Podía siquiera pagarme los setenta pesos que me debe!

Y desde aquel día quedaron rotas nuestras relaciones interpersonales. ¡Quién me lo hubiera predicho!

 

La fortuna favorecíalo con sus más esplendorosas caricias. Ya no andaba de a pié ni medio metro. En un lujoso automóvil, rellenado en blandos cojines, a través de bruñidos cristales, lo divisaba de cuando en cuando. Había engordado un tanto. Su tez que había sido un poco trigueña, había adquirido una marfileña y distinguida palidez muy aristocrática. Un macizo <<puro>>, de las mejores vegas, caía de uno de los ángulos de su boca plegada en un gesto de desdén protector y de aburrida suficiencia de millonario feliz. Para reconocerme desde las alturas de sus opulencias, no le hubiera bastado ni uno de esos poderosos telescopios que acercan a la luna cincuenta mil veces. Ni con el auxilio de tales instrumentos, estoy seguro, hubiera divisado, adherido a la corteza de la tierra a la microscópica bacteria que debía ser su viejo amigo ante el montón de sus grandezas.

- ¡Ah! ¿Eres tú? - me dijo.

- Soy yo, Excelentísimo don José Fernández.

Mordisqueó el perfumado de las mejores vegas y por el ángulo desocupado de su boca me dejó caer estas palabras:

- ¿Por qué no te retiras de la Marina?

Sin aguardar contestación, volvió sus olímpicas espaldas pausadamente, melancólicamente, cual conviene a un hombre que se aburre con tantos millones. Y mientras se alejaba iba diciéndome con voz cansada y persuasiva:

- Hay que luchar… Luchar… Serás un pobretón toda tu vida… Hay que trabajar… Luchar…

¡Las luchas y los trabajos de José Fernández! - pensé con pica. Pararse en la calle Prat; apuntarle al cara o sello a algunas acciones y estirar después la <<poruña>> para recibir el dinero… Podía el muy sinvergüenza, en vez de darme consejos, pagarme los setenta pesos que me adeudaba.

 

Y continuamos desconociéndonos. Terminé hasta por olvidar los setenta que me debía con tal de no verme ligado a él por ningún recuerdo.

Tras algunos meses, como a un vulgar y primitivo bímano, lo ví pasar de a pié por la Plaza Victoria. Caminaba pensativo, adolorido y de sombrero de paja en invierno.

Me hacían falta algunos pesos. Decidí abordarlo resueltamente y exigirle el pago de los setenta ya tantas veces mencionados. Me miró. Abrió los ojos aquellos sus ojos buenísimos y francos y diáfanos de nuestras bellas épocas. Levantó los brazos y sentíme atrapado entre sus tentáculos.

-Mi amigo… Mi mejor amigo… ¡Ay, hijo! ¡Qué dichosos tiempos los de tu buena amistad!...

Me desarmó por completo. Olvidé los setenta pesos.

-Hoy no te largo -  me decía - Irás a almorzar conmigo… Tu ahijada no se ha cansado de preguntarme por tu extraño retraimiento.

Me arrastraba de un brazo

 

- ¿Te acuerdas de aquello? ¿Te acuerdas de lo otro?... ¡Ay, hijo! En la vida la mejor fortuna la constituyen los recuerdos y los buenos amigos. ¿Te acuerdas de aquella vez que, después de medio año en los canales, regresamos a Puerto Montt y que, habiéndoseme concluido las camisas limpias, tomé una hoja de papel de dibujo y me fabriqué una flamante perchera de papel para asistir a unas cazuelas con acordeón, en casa de unas lavanderas?... El guardiamarina más elegante era yo. ¿Te acuerdas?

 

Y José Fernández se reía. Pero había algo de amargura en su risa. Su amargura se acentuó al decirme:

- hoy daría mi vida por aquella feliz camisa de papel de mis esplendidos tiempos…

¿Qué le ocurriría a José Fernández, al millonario José Fernández que interiormente se vestía solo de sedas y que ahora suspiraba por una indecente pechera de papel de dibujo? Era un cambio inexplicable.

Mi ahijada salió a recibirnos con gran alborozo. Recordé los gratos rincones de su vivienda, extrañándome no ver el piano sobre el cual ella manoteara, asesinando simpáticamente con sus deditos rosas al infeliz Mozart y a otras eminencias músicas. Nunca he presenciado un acto más cruel y descarado ejecutado con mayor soltura y encanto.

Ella adivinó mi sorpresa.

- Mi Pepe (así llamaba a José Fernández, acariciadoramente). Mi Pepe lo mandó al almacén para que le cambiaras los paños…

Mascullo su Pepe:

-Estaban viejos… Muy viejos… Los paños… Viejos…

Almorzamos en deliciosa intimidad. Se habló de excursiones campestres y de paseos en autos.

-Al coche se le quebraron unas piezas y mi Pepe lo mandó al garaje… ¿Cuándo te lo entregarán, mi hijito?

José Fernández se atragantó, y culpó a unos <<pikles>>.

-Son tan demorosas estas reparaciones de automóviles…

Quedamos solos de sobremesa. Mi amigo se nubló de repente.

- Cada vez que oigo a mi mujercita hablar de riquezas, me dan deseos de destaparme los sesos.

La tortilla de erizos que había ingerido en el almuerzo pareció transformárseme en un erizo vivo, clavador y espinudo.

-¿No eres millonario, José Fernández? - le dije medio asfixiado.

Inclinó contristado la cabeza.

 

-Estoy arruinado… El piano, el automóvil y una multitud de otras cosas están en la agencia… Mi pobre mujercita no lo sabe… La he engañado. Y continúo engañándola para evitarle este brutal golpe.

Le tuve una lástima horrenda. Olvidé y sepulté para siempre mis setenta pesos.

- ¿Pero cómo pudiste hacer fortuna cuando no tenías medio cristo?

- Empecé con unos quinientos pesos. Un corredor me dijo que tomara Tamarugales, por valor de unos cincuenta mil pesos…

¿Y cómo podías comprar cincuenta mil pesos si sólo tenías quinientos?

-No había decreto-ley que lo prohibiera. El corredor me habló de postergaciones y de otros enredos que podía afrontar con mis quinientos pesos.

- ¿Y si hubieras perdido los cincuenta mil?...

- Me quedaban varios caminos: trampearle al corredor, o rematar hasta mis colchones, o pegarme un tiro… Me hubiera decidido por lo último.

- ¿Pero son tolerables tales negociaciones? - díjele abrumado.

-Es cosa corriente… Las acciones subieron. Continuaron subiendo. Se fueron a las nubes. Me embarqué en otras, subieron también. Desfilaban los pesos, por miles, por montones… Llegué a ser efectivamente rico…

- Y te tornaste orgulloso con tu amigo, José Fernández! - le dije, suave y tiernamente, lo más tierno para no golpearlo sobre caído.

- empezaron a bajar… A bajar… Lo perdí todo…  Me he desprendido de mi auto, del piano, de mis joyas de los tiempos de Amat y Juniet. Remataré la casa y continuaré debiendo…

José Fernández se estremecía.

Al despedirme, mi linda ahijada, desde la puerta de calle, abrazada amorosamente a su Pepe, agitaba en son de despedida sus manos desde lejos.

-Vuelva pasado mañana… Ya estará arreglado el coche y el piano… Haremos n poco de música y saldremos en auto.

José Fernández tenía cara de cadáver. Positivamente y para siempre le disculpe los setenta pesos… Y me alejé con una pena negra de aquella casa: dulce, fuera ella ya millonaria o no lo fuera… Tal vez más dulce si lo último… pues su ruina habíame devuelto al amigo, a mi nunca poco bien ponderado amigo José Fernández, de noble corazón y extirpe, aunque un poco olvidadizo.

 

 

José Fernández,

Previsor

 

 

Cuando se está en la pobreza se vive con la ensoñación puesta en las pasadas opulencias. José Fernández, de noble corazón y estirpe y que desdeñara a la Armada, retirándose de ella para hacer fortuna en tierra, recuerda en la actualidad, cesante y triste, los buenos tiempos de cuando oficial de marina. Palpándose la calavera me ha dicho con suave desconsuelo:

- Si hubiera continuado en la Armada me faltaría poco para ser Almirante…

¡Da pena oírlo! ¡Y tan linda su mujercita!...

No hace mucho me llamó por teléfono.- (Puede José Fernández reducir económicamente sus comidas a carbonadas y bisteque, pero no desprenderse de sus dos teléfonos: uno en el <<living>>, y el otro en la cabecera de su tálamo).

- Tengo algo interesante que mostrarle -  me dijo. - Ven a verme a la hora de once; todavía me quedan algunas perdices en conserva.

Cuando me llama José Fernández acudo al instante, aunque truene y no tenga perdices. Lo hallé muy contento.

- ¿Encontraste empleo?...

No me hizo caso. Me arrastró hasta el salón en el cual, desde el techo a medio metro del suelo, cuelga el óleo aquel requeteratarabuelo de los tiempos de Amat y Juniet. Me indicó con orgullo un reciente retrato suyo…

Estaba imponente José Fernández en su retrato reciente: frente serenísima, albergue y refugio de claros y honrados pensamientos, mirada que escrutaba con piadosas dulzuras, uniforme de oficial naval con sus charreteras y tres soberbias condecoraciones sobre el pecho.

- Eres Nelson, José Fernández - le dije.

- Lo tomé de medio cuerpo para no delatar mis antiguos y flacos galoncillos de Teniente…Cualquiera me toma de un Almirante…

- Sí, José Fernández… Por un Almirantísimo después de hundir al gran turco…

Se sentó con esa pereza distinguida que no ha abandonado ni en lo más álgido de su cesantía. Me dijo:

- Tengo un hijo: a mi Josesito ¨Patricio, a quien no le legaré fortuna; pero a quien le dejaré este retrato. Por esto me retrate con mis condecoraciones y adopté esa figura nelsoniana…

- Nada de nuevo adoptaste, José Fernández. ¿Y esas condecoraciones?...

Se sonrió

Con el dedo flácido y uña pulida y brillante, me las fue indicando.

- La del costado izquierdo la gané en un almuerzo que a varios oficiales de marina chilena nos dio Alfonso XIII, en merito de haber comido en su mesa. La llamo la condecoración del <<Buen Diente>>.

- ¿Y la del centro?

- Me tocó en suerte ser transbordado a un crucero que zarpaba al día siguiente en Punta Arenas, acompañando a don Fernando de Baviera a las fiestas del Centenario del Descubrimiento de Magallanes. La denomino la condecoración del <<Transbordo>>

- ¿Y la tercera?

- Una vez me nombraron ayudante de un noble japonés en su visita al país. Lo anduve <<piloteando>> por Las Salinas, por el Parque Cousiño, por el Club Hípico y por otras maravillas chilenas… La he bautizado con el nombre de condecoración del <<Cicirone>>.

- Cualquiera piensa que has estado en Jutlandia, en Tushima o en los Dardanelos…

- En un medio siglo más, cuando yo desaparezca, este retrato, junto al del abuelo de los tiempos de Amat y Juniet, tomará relieves heroicos.

Cerró los ojos, para entre tinieblas tenues adivinar el futuro.

- Mi José Patricio ha tenido un hijo que es mi nieto. Docenas de años ha descanso dentro de un cajón negro. Mi nieto comete una pilatunada sin nombre. Mi José Patricio lo conduce frente a mi retrato; lo obliga a mirar mi frente sin mácula, mi aspecto de honradez sin mancilla y mis condecoraciones. Le dice entonces: <<Mira a tu abuelo, cuyo nombre arrastras por los suelos. Avergüénzate… Tú, el nieto de ese hombre noble, austero, modelo de virtudes, cargado de condecoraciones, enlodando su nombre, que es tu herencia santa>>… El nieto me observa, se avergüenza y se modera. Mientras tanto yo, en mi sepultura, en donde tendre muy escasas distracciones, me sonreiré, pensando en la buena idea de retratarme con charreteras, luciendo las condecoraciones del <<Buen Diente>>, la del <<Transbordo>> y la del <<Cicerone>>. ¿Qué te parece?

- ¡Eres, José Fernández, la previsión excelsa!...

 

 

El expatriado

 

 

Siempre he ignorado las causas de la expatriación de mi abuelo - nos dijo - ¿Fue voluntario o impuesto? Creo que su exilio se debió a participaciones personales y directas suyas en lides revolucionarias, por oírle vociferar a veces:

-¡Pas de traidores! No tendrás mis huesos!

Era un viejo alto, encorvado, de perfiles energéticos y cuya calva era un reluciente golfo en una cabeza blanca. Sus bigotes albos y recortados, parecían escobillas. Su carácter violento nos mantenía sobresaltos. ¡El abuelo!... Y escapábamos los nietos!

 

En una ocasión mi padre decidió ir a Chile y lo invitó. ¡Qué borrascas y qué improperios! No admitía que lo trataran como a un niño! ¿No lo sabían? Nunca regresaría a Chile! ¡Odiaba a su país!

 

Transcurrieron los años y fue envejeciendo rápidamente, siempre terco e intratable. ¡Pobre viejo!

El fonógrafo fue su manía senil. Aislado en su dormitorio se sentaba en un sillón afelpado y de amplio respaldo para escuchar sus mejores cantantes. Con meticuloso cuidado limpiaba de polvillo los discos que pulcra y ceremoniosamente colocaba en una estantería catalogada. Cuando se entregaba a sus audiciones solitarias, caminábamos en puntillas.

Un día llegó con un disco que ocultó bajo llave.

Nos intrigó aquel misterio.

 

Se enfermó para no mejorar. Tuvo temporadas de un desesperante mutismo. Sospechábamos que algo lo torturaba, sin atrevernos a preguntárselo.

Cierta vez le dijo a mi padre:

- Estas tierras de Europa son cansadas y estériles… Quiero hacer una pequeña plantación en el huerto. ¡Encárgame un cajón de tierra chilena!

¡Extraño encargo! Guardo el cajón en su alcoba. Sin hablar más de siembras.

- ¿Quiere ir a Chile, abuelito? - me atreví a decirle a solas.

No se violentó al oírme. Movió con desconsuelo la cabeza.

En otra ocasión entré a su dormitorio. Semanas que se hallaba postrado en su cama.

- ¿Qué fecha es hoy? - me preguntó con su terquedad de siempre.

Observé el calendario.

 

-¡Dieciocho de Septiembre, abuelo!

Se incorporó en sus almohadas. Extrajo con temblona mano una llave.

- ¡Abre aquel mueble!... Encontrarás un disco! ¡Tócalo!

 

Cumplí con su orden y coloqué el disco en el fonógrafo.

-¡Cierra esa puerta! ¡Qué nadie se imponga! -me gritoneó.

 

Chirrió la aguja fonográfica con crepitaciones opacas y arrastradas, e irrumpió como una clarinada de oro el Himno Nacional de Chile!...

¡Pobre viejo! Tiró sobre su cara las ropas de la cama!

 

<<Majestuosa es la blanca montaña

<<que te dio por baluarte el Señor!

¡Pobre abuelo! Un sollozo bronco y ahogado brotó de su garganta…

 

¡Treinta años de martirio, de disimulos y de nostalgias! El himno proseguía con sus notas marciales que eran bandadas de glorias revoleteando por los aires y trayéndole al moribundo y anciano expatriado el sol, el cielo azul, las montañas nevadas de su Chile, del que estaba hambriento e insaciable por tantos años!

- Pobre abuelo! - le dije angustiado, abrazándole.

No me respondió; extendió un brazo y me señalo el cajón con tierra.

- ¡Tierra chilena! Siento su aroma… Cuando llegue mi muerte, que me sepulten con ella!

El himno seguía resonando con sus clarinadas de oro. - Sollozos y notas marciales…

 

 

El Tiuque

 

 

El ex Zar don Fernando de Bulgaria, en su visita al Zoológico en Santiago, manifestó su regia complacencia al conocer un tiuque vivo. Tenía muchos deseos de conocerlo. Lo celebró mucho. Y si nos fijamos bien, el tiuque es un pájaro bastante distinguido.

Hasta hoy el tiuque era un ave muy poco estimada entre los chilenos. Cuando en un hotel de estación a alguien le servían un pollo sospechoso, agrio, duro y poco carnoso, decía: <<Esto no es pollo: esto es tiuque>>… Cuando no recordamos el nombre de un sujeto ordinario e insignificante, preguntamos despectivos: <<¿Cómo se llamará ese tiuque?>>.

Hemos calumniado al tiuque. Hemos sido cruelmente injustos con esta ave de presa. El tiuque es un volátil distinguido.

Vedlo volar con sus alas extendidas, planear y posarse malicioso sobre un montículo. Pliega sus alas, se yergue y semeja un elegante de chaquet color cáscara con ribetes. El tiuque es la personificación de la elegancia sobria. No es un siútico. No usa, como la loica, <<siuticonamente>> chaleco rojo en una vestimenta pardusca; ni como la torcaza, medias coloradas en un traje ceniciento; no es el aliñado choroy que con pésimo gusto viste de verde, encarnado y amarillo. El tiuque posee en altísimas proporciones el difícil arte de vestir elegante, sobriamente y discretamente. Viste de cáscara como los lores ingleses; sus calcetas son de una cáscara más obscura que no desentona con el resto; sus ribetes y manchas blancas son prudentes. El tiuque es un perfecto <<gentleman>>.

 

Vedlo de pie. Levanta la cabeza airosamente, la lleva de un lado al otro, la agacha, la sube, mira en un incesante afán de escudriñar inteligente. Hay armoniosas altiveces en estos movimientos, algo que no se adquiere con la educación; son orgullosos inconscientes de raza, de nobles que aunque parados sobre unos despreciables terrones parecen sobre un trono, llenos de altiveces siempre.

Sin embargo, ¡cómo lo desprestigiamos! Porque abunda. Porque es chileno. Porque a veces come lombrices. ¡Cuántos hombres, que se piensan aristócratas comen, en cambio, anguilas que son serpientes de mar…

 

El ex Zar de Bulgaria ha levantado el nivel social del tiuque. Con justísima razón.

Para con esta ave de presa lo que con el quiltro chileno. Cuando vemos una distinguida dama caminar con un perro del Japón, lanudo, ñato y con los ojos oblicuos, y por el cual perro ha pagado una fortuna, siempre meditamos en las enormes injusticias de orden zoológico que cometemos con nuestro <<quiltris chilensis>>.

El quiltro japonés es un animalito exótico y raro entre nosotros. Se le estima en alto grado.

También lo sería en el Japón un quiltro chileno. Imaginad a la hija de un noble <<samurái>> por las calles de Tokio, pasear en su <<jinrrisha>> y llevar sobre almohadones dragoneados y entre jarrones de Satsuma un quiltro chileno. Todas las musmes y las geishas, de seguro se detendrían alborozadas para admirar el ex -arestiniento. <<¡Qué hermoso perro… Qué color chocolate más lindo… Qué original… Debe valer una fortuna… ¿De qué país tan maravilloso?>> La hija del samurái, sonriendo con una trompita pintada y minúscula, con jubiloso orgullo en las almendras de sus ojos oblicuos, diría: <<Es de Tttshile>>.

Y, sin embargo, en Chile damos de puntapieses a los quiltros. Porque abundan como los tiuques.

¡Tenemos una fauna privilegiada e ignoramos lo que tenemos! El Zar de Bulgaria ha enaltecido al tiuque.

 

 

El impacto final

 

Veinte y más años parecen interminables cuando se extienden por delante; pero son breves al vivirlos. Así lo advirtió Alquizar al desembarcar esa mañana en Valparaíso, después de veinticuatro años de ausencia que le parecían un ayer reciente.

Cual el viejo Ulises, al regresar a sus tierras de Itaca, nadie le conocía ya; pero tuvo como aquel a alguien que por excepción lo reconociera: su antiguo <<coiffeur>>, que al ofrcerle el niquelado asiento giratorio le dijo sorprendido:

- ¡Señor Alquizar!... Siempre joven…

- No me convence, amigo Frontignac, pues me reconozco ya un cercano competidos de las Pirámides: en medio siglo: cincuenta de edad… Observe mis canas…

- Están de moda y <<hacen>< una figura distinguida cuando se mantienen la esbeltez y el rostro terso… - le observó galano el francés, irreductible halagador de su clientela… - Pero, si lo prefiere, tengo un procedimiento <<inalterable>>…

- No, mi estimado Frontignac… Son ellas mis credenciales de los gozosos años que he vivido…

Se dirigió al <<dinner-dancing>> en la primera noche de su arribo, y abstraído en su soledad se entregó a observar las nuevas modalidades sociales, cerciorándose de que no se diferenciaban mucho de los países más avanzados en que residiera. Todo se <<importaba>> del extranjero: así como mercancías buenas e inferiores, costumbres benéficas y deleznables.

En una mesa vecina a la suya, una jovencita fumaba y bebía a parejas con su acompañante, bobotandoles la alegría de vivir, en sus risas y el entusiasmo febril de sus bailes… ¿Hija de Silvia Montes? El parecido era sorprendente: el mismo contorno de la cara, sobre cuya porcelana tintes de guindas frescas la sonrosaban, la misma boca un poco grande y que al reir con franqueza mostraba una dentadura de cómo perfectos y parejos granos de de maíz níveo, la misma nariz, un poco <<respingadita>>, que le prestaba un liviano aspecto de descaro.

¡Silvia Montes!... Un romance juvenil suyo y con quien estuvo al borde del matrimonio. ¿Hija de ella?... El parecido tan manifiesto así parecía confirmarlo; pero una duda le sobrevino: Silvia había fallecido sin descendencia, según informaciones recibidas en Europa unos dos años atrás, ocasionándole tal noticia unas horas sombrías… ¿Pero qué sabía de cierto?... Ausente y desligado socialmente de su país por tanto tiempo, nada podía precisar con certeza. Bien pudo Silvia dejar descendencia…

¡Silvia Montes!... Algo difuso su recuerdo entre las neblinas de lo remoto, nunca la olvidó por completo, apesadumbrándole, al emprender su viaje, el convencimiento de no encontrarla más… Y…  - ¡Admirable cosa!... - el mismo día de su llegada volvía a verla tal cual era en su noviazgo en la persona de su vecina de mesa: ¡la misma edad y una semejanza completa!

Fijó sus miradas en la jovencita, deseoso de encontrar en ella nuevos rasgos en el parecido, experimentando un placer mortificante y grato en aquella observación que lo retrogradaba a su juventud distante y a su romance huido.

La jovencita, al verse observada con tal obstinación, posó curiosa sus ojos en Alquizar.

¡Qué torpe había sido al desperdiciar el amor de Silvia Montes, y preferir una vida ambulante y sin arraigos, lo que a la altura de sus años le causaba la impresión de nostalgias insatisfechas… Tarde para advertirlo…

Los ojos de Silvia eran de un pardo dorado, bajo las sombras de unas pestañas obscuras… ¿se parecería también en esto? Miró de nuevo y se encontró con la vista de su vecina que le sonreía con simpatía. Un calorcillo de agujas quemantes y que penetran por las pupilas se esparció delicioso por su cuerpo. No de ella; de Silvia Montes la mirada.

-Esta es un <<flirt>>… - se dijo.- ¡Raro capricho el de esta niña el de coquetear con un viejo!...

Se complacía en llamarse a sí mismo un <<viejo>> desde que cumpliera cincuenta años; pero en esta dudosa complacencia existía un equívoco del cual se percataba al evidenciar más de una vez que aún causaba su <<impacto>> en algunas mujeres jóvenes a pesar de sus sientes blancas, las que, como Frontignac se lo dijera, no le desfavorecerían probablemente en un rostro todavía terso y en un cuerpo de esbelteces juveniles. Pero no le prestaba interés a estas puerilidades vanidosas.

Terminada su comida abandonó el recinto del <<dancing>> para entregarse en el refrescante reposo del <<parterre>> a meditar sobre Silvia Montes, tan nítidamente evocada por el parecido de aquella jovencita. A no mediar los veinticinco años fatalmente trascurridos habría asegurado que era Silvia en persona. El calorcillo de las miradas recientes aún lo deleitaba. Pero, dándose cuenta de lo absurdo y ridículo en un hombre de sus años este romanticismo casi senil e impropio, se desprendió de la evocación sentimental que fugazmente de él se posesionara y se encaminó a la sala de juego en donde jugó sin aciertos y sin interesarle sus pérdidas frecuentes que en otros habrían sido ruinosas, pero que nada significaban en su fortuna considerable.

 

Vio a su vecina e el <<dinner-dancing>> llegar a la misma mesa en que jugaba, seguida de su acompañante y de un señor que al verlo se dirigió hacia él con efusiva sorpresa:

- ¡Juan de Alquizar!... ¿Se recuerda usted?... En Deauville, el verano pasado…

- ¡Diego Lorena!... ¡Qué sorpresa!... ¿Qué hace en Chile?

- Mi país está tan cerca que no le encuentro gracia al personaje históricamente admirado: al veterano San Martin. Se para Ud., ché, al otro lado de la cordillera, toma impulso como para lanzarse a una piscina, y… ¡záz!..., salta la valla cordillerana y se <<zambulle>> en el Pacífico y saluda a los amigos de esta banda…

 

Se sonrió Alquizar al oírlo hablar tan jovialmente exagerado como al conocerlo en Francia: seguía siendo el mismo <<Ché Lorena>>, derrochador de frases y de dinero y cuya vida, según él lo declaraba se refundía en un principio de <<compensación>> de su inventiva: <<las estancias producen y permanecen inmóviles en sus tierras; el patrón, en compensación debe correr por el mundo y no producir cosa alguna>>.

-¿Quién es la niña que lo acompaña? - le preguntó Alquizar.

- Conozco al novio, que no la desampara; pero de la linda percanta sé tanto como lo que Ud. Ignora… Si le interesa puedo presentarlo…

- Se lo agradezco y acepto para satisfacer una curiosidad, de la que Ud. Se impondrá seguramente.

- No se excuse, ché Alquizar: nada le pregunto. Pero debo advertirle que a Ud. le confiaría mi honor y mis bienes con las más tranquila seguridad y confianza; pero si yo fuera Sultán, no le daría un puesto ente las huríes de mi serrallo. No por culpa personal suya ché; de las huríes, por supuesto. Voy a presentarlo; no soy el novio de la percanta, por suerte.

Al ser presentado, Alquizas le expresó afablemente a la joven:

- Deseo satisfacer una duda: ¿tiene Ud. relaciones de parentesco con Silvia Montes? Me ha intrigado el parecido tan sorprendente suyo con ella, y por esto la miraba tal vez un poco impertinente por lo que le  suplico perdonarme. Silvia Montes fue una amistad mía muy apreciada…

- Ningún parentesco - le respondió placentera Beatriz - Ya otros me han repetido este parecido que me halaga, por haber tenido Silvia Montes fama de muy bonita, de lo que estoy muy lejos.

 

Al hablar, miraba a Alquizar con ojos diáfanos y con un leve destello acariciante, como para ostentarle su satisfacción de conocerlo.

La conversación recayó en la inevitable trivialidad del juego.

- ¿Jugaba Ud.? -  le inquirió Beatriz.

- Con mala suerte. Esto es diabólico: se piensa en un numero, se le apuesta, se tiene la certeza de que habrá de favorecernos: unos segundos de expectación y resulta favorecido un numero absolutamente opuesto, lo que impresiona como una estafa. ¿No le ha ocurrido lo mismo?

- Exactamente. Si lo desperdiciado en la ruleta con Alfred - (así lo llamaba a su novio) - lo hubiéramos guardado, ya tendríamos lo suficiente para <<emplumar nuestro nido>>.

¿Por qué esta alusión al novio le causo un fugitivo malestar a Alquizar? Por momentos se imaginaba hablar con Silvia Montes…

- Soy un <<viejo>> - (y recalco la palabra) - y por este privilegio puedo permitirme indiscreciones con una jovencita, voy a someterle a un martirizante interrogatorio.

- Pregunte Ud. lo que quiera - le respondió ella, insinuantemente provocativa.

-¿Qué edad exacta tiene Ud.? La pregunta como ve, es inculta y abrumadora.

Alzo graciosamente una mano Beatriz como para atestiguar solemnemente su veracidad y respondió convincente:

- Diecinueve justitos, aunque a Alfred le he confesado unos años menos; peo que quede entre nosotros el secreto - agregó, dirigiéndose a todo incluso a su novio.

- Voy a tentar suerte por última vez. Gloriosos son los años suyos y, si no acierto, no perderá esta gloria; pero si gano, será un premio para Ud., por el muy grato recuerdo que me ha suscitado.

Depositó en la casilla <<diecinueve>> una gruesa suma. Giró la ruleta. Vertiginosa se desplazó la bolita para caer en seguida sobre el disco giratorio, saltarina y alocada, incrustándose finalmente en una de las canaletas numeradas.

- ¡Colorado diecinueve!

-Ganamos… - dijo apaciblemente risueño Alquizar; entre la admiración de los circunstantes.

 

-Cuentas claras: la ganancia le pertenece por ser suyo el diecinueve. El sacrificio de decir la edad exacta una mujer ha sido premiado - le manifestó Alquizar a la joven.

Beatriz rehusó obstinada.

- Celebremos entonces el éxito.

Pasaron al cabaret, tornasoleado por reflectores que deslizaban sus luces variables sobre los concurrentes que danzaban. Rumor de alegre multitud. Música. Elegantes toilettes escotadas. Mesas apretujadas en los balcones colindantes. Ambiente caldeado.

- ¡Champaña! ¡Mucha champaña! Qué acertada, ché - decía Lorena con entusiasmo.

 

Beatriz se mostraba regocijada, y, por propio designio, buscó un asiento inmediato a Alquizar, estableciéndose entre ambos una intimidad <<in crescendo>>, influenciados por la música que, llegándoles al principio a los oídos, se les infiltraba al interior con vibraciones de halago y por las sutiles excitaciones del champaña. Sin rehuirlo sintieron el mutuo contacto al acudir otros invitados y estrecharse las sillas. La conversación recayó en Silvia Montes, como aislados de los demás.

Ché Lorena agasajaba al novio, quien, no muy satisfecho, observaba la intimidad entre su prometida y aquel <<desconocido>>, a quien ponderaba Lorena, diciéndole:

-¡Caso raro, ché! No conocer ustedes a este chilenazo que los obliga a poner mayor o menor número de terrones de azúcar en las tazas a todos los habitantes de América con sólo maniobrar con unos papelotes en la Bolsa de París…

Aunque muy exagerado, algo de verdad había en la ponderación de Lorena en cuanto a la efectividad de dedicarse Alquizar en Europa a especulaciones en grande que le habían reportado una fortuna.

Beatriz, invitada a bailar, regresaba al asiento junto a Alquizar, a quien extrañada le pregunto:

- ¿No baila?

- Solicitaremos a la orquesta una <<antiguaña>> por ser demasiado complicados estos bailes modernos.

Ché Lorena, al oír el preludio de un viejo vals de Strauss, se incorporó:

¡Esto es música, y no tamborileos de negros!... Verán ustedes. Observen: ninguno quedará sentado.

En efecto abandonaron sus asientos la mayoría, y formaron parejas. Alquizar invitó a Beatriz y en el tumulto danzante se confundieron. Jamás la evocación de Silvia Montes se hizo más vivida: la misma música de sus tiempos en que con ella danzaba, el mismo dejarse conducir con facilidad cadenciosa y el mismo sentir de su cuerpo juvenil que se dejaba aprisionar sin esquiveces…

Terminó la música y Beatriz aplaudió a la orquesta, entre la ovación general que solicitaba su repetición, diciéndole a Alquizar:

- Baila admirablemente, como nadie me ha acompañado. (Le dio una inflexión más marcada a la palabra nadie).

Al reiniciarse el vals, un choque inesperado de una pareja los hizo vacilar, y sintió Alquizar la presión de la mano de Beatriz en la suya, como para sostenerse, presión a la cual correspondió sin ya abandonarla; sus manos, como conductores eléctricos que se empalman, dieron paso a la corriente de sus atracciones. Al terminar, dijo Alquizar, aludiendo sin nombrar a Silvia Montes:

- ¡Juventud!... ¡qué deliciosa!... La he sentido revivir como nunca! Debo a Ud. esta satisfacción tan agradable!

Uno de los últimos en abandonar el cabaret en la madrugada fueron ellos, contra las protestas de ché Lorena.

Alquizar se recogió con la alborozada impresión de haber recobrado a Silvia Montes: de nuevo el amor alboreaba por un milagro de resurrección en él. ¿Qué hacer? Reconocía que bastaría una insinuación suya para unirse a Beatriz. Un llamado al día siguiente, lo hizo acudir al teléfono.

-¿Quién?

-…Silvia Monte… -le respondió una voz acariciante.

Alquizar le inquirió su impresión sobre la noche reciente.

-Ah, magnifica!... - contestó Beatriz con énfasis apasionado… - Pero he tenido una escena con el <<pobre>> Alfred al promoverme unos celos intolerables y nos hemos disgustado y se ha ido…

La voz se hizo más confidente:

-¿Qué le parece - prosiguió Beatriz - si confeccionáramos un programa para el día? Algo sencillo: una excursión a los alrededores, o lo que Ud. prefiera.

Sorprendido, Alquizar, no atinó a responder, y se excusó para reflexionar: tenía un compromiso contraído y veria modo de desprenderse; le rogaba darle la indicación de su teléfono.

Una desilusión devastadora fue la suya. Creía haber encontrado a Silvia Montes; pero Silvia, la antigua Silvia, la de una época de honestidad que era lo más atrayente en las mujeres, no habría hecho lo que Beatriz: insinuarle encuentros y ofrecerse a un hombre a las pocas horas de conocerle. Se sintió realmente viejo: un ser de otros tiempos. No era Silvia, sin lugar a dudas; una apariencia superficial tan sólo!...

Comunicó a Beatriz la imposibilidad de desprenderse de su compromiso.

Se marcharía ese día mismo.

- Dos veces he perdido a Silvia Montes - se dijo con desconsuelo.

- <<Mi último impacto>> - agregó apenado. - Soy un viejo, evidentemente. ¡Viejo en años y para los hábitos modernos! La muerte de Silvia Montes es la de una época de honestidad. ¡No habré de hallarla!

 

 

Navales

La plegaria

Del buque de guerra

 

 

Tripulantes que servís a mi bordo: ¡Sed cuidadosos conmigo! Amo mis bronces relucientes, mis pinturas aseadas, mis cubiertas limpias y suaves como un raso, mi maniobra ordenada, mis cañones que se muevan fáciles y a un débil impulso, mis maquinas sin un quejido que las golpee, mis calderas resistentes, y que sean sus departamentos el aseado salón donde brilla la llama del hogar en las estufas. Cuida mi casco que sumido en el agua siente el escozor de los moluscos que lo muerden y que tornan en fatigosas y lentas mis carreras.

¡Cuídame! Recuerda que soy un pedazo de tu patria a flote; un trozo de tu hogar distante. Si son fríos mis aceros, ellos te protegerán un día: ¡Cuídalos!

Coloca en mi toda tu confianza, todos tus bríos y todas tus ternuras. Soy tu corcel del mas, capaz de conducirte a los más apartados rincones del mundo, sin una queja mía! Pero para esto es preciso que me cuides solícitamente.

Puedo ser también tu pedestal de glorias. Calcula el regocijo tuyo y el regocijo mío si desde nuestra tumba submarina presenciamos detenerse en torno nuestro a toda la Escuadra de tu patria y vemos abatirse nuestra bandera y escuchamos los clarines que nos rinden honores y que alguien dice:

 

<<Marinos de Chile!... Descubrirse! -Aquí se hundió un buque chileno con su <<bandera al tope. Lleguen hasta esta gloriosa sepultura las hurras <<nuestros!>>

Hacedme, si el caso llega, acreedor a estos honores que a una hermana mía, hundida en  Iquique, se le tributan, y cuyo nombre es el de una piedra preciosa engarzada en laureles! Quiero también para mí tales honores. Si el destino así lo exige.

Recuerda que obedezco pasivamente tus órdenes. Si eres cobarde, huyo; si eres valiente, tus energías se comunican con mis aceros y arrastrado por tus impulsos te sigo adonde me lleves: sea a la muerte o al triunfo. En tus manos está mi baldón o mi honra.

En la paz conviérteme en templo del orden y del respeto a las leyes que nos gobiernan. No admitas a mi bordo a los que conducen a fuego de sus odios sociales. ¡Te ultimarán, tripulante mío! Buscaran tu apoyo para después lanzarte a la miseria o a la esclavitud de ellos mismos! Recházalos! No los quiero a mi bordo!

Y óyeme ahora bien: quiero que en el combate sepas conducirme al triunfo. No te arredren los fuegos enemigos. Pídeme cuanto quieras y te obedeceré al momento. No te compadezca mi casco acribillado; no te intimiden mis fierros que se trituran y que se derrumban con estallidos. Pídeme que siga adelante a toda fuerza y te obedeceré en seguida. Si las metrallas barren mi cubierta y mis blancos rasos se han transformado en purpura con la sangre que los riega, pídeme siempre adelante a toda fuerza, aunque vaya hundiéndome!!...

 

Si agonizo, clava en mis topes la bandera de Chile. No me abandones en esta agonía mía. No me entregues! Recuerda que fui tu más leal compañero y amigo. ¡Húndete conmigo!

 

Y al morir, quiero tener el final de un paladín de leyenda que al caer derribado y agónico, agita en alto el oriflama de la dama de sus amores… ¡Al más alto mástil mi bandera, este oriflama de mis amores!... ¡Que al hundirme semeje este alto mástil un brazo mío que se alarga desde las profundidades y que agita, desde su tumba, en despedida, su bandera!

Para esto cuídame en la paz, tripulante mío! Y cuídate a ti mismo, y busca en la ciencia el mejor modo de conducirme sin peligros, y busca en la historia de tu patria la resuelta decisión de morir conmigo!

 

 

 

El naufragio

Del “Pinto”

 

 

Recostado su fondo sobre un lecho de afiladas rocas que habíanle desgarrado el vientre, el crucero agonizaba lentamente. Entre gemidos de émbolos, apenas palpitaban ya sus bombas que, arrojando gruesos chorros de agua al costado, se esforzaban por contrarrestar a la fatal inundación que ascendía gradualmente y que terminaría por ahogar al agonizante.

 

Es emocionante la muerte de un buque de guerra. Cuando ágiles y sanos cortan las aguas orgullosos, semejan cetáceos de acero con vida propia. Y cuando en un naufragio, tumbados sobre sus costados, torturados por mil dolores, desmantelados se estremecen entre convulsiones de olas y de máquinas, tienen sus estertores de agonía una desolación trágica que angustia y hiere como un derrumbe inmenso.

Habíanse intentado todos los recursos por salvar al crucero encallado a las nueve de la mañana del 26 de mayo de 1905 en el bajo Velahué, frente al puerto de Quellón, en la isla Chiloé. Todo intento había resultado vano. Una esperanza restaba: que la marea en su curso ascendente reflotara por unos instantes al buque y pasar por sobre sus averías los salvadores palletes de colisión que, como enormes parches, impedirían que el agua continuara penetrando por las abiertas heridas. Anclas y anclotes, fuertemente encadenados, habíanse fondeado por la popa del crucero para una vez alta la marea y pasado los palletes, fuera el buque arrastrado con cables y cadenas, zafándolo de aquel lecho de rocas que martilleaban sus fondos, infiriéndoles nuevas y mayores brechas.

Whiteside, el Comandante del crucero, se hallaba en el portalón de babor de su buque. No olvidaremos jamás esos momentos. Vive en nosotros su presencia y su figura d esos instantes con visiones indelebles. La agonía de su buque no había conseguido alterar sus ademanes siempre correctos. Continuaba siendo el Comandante irreprochable y culto; con su uniforme sin un pliegue descompuesto; serena la actitud y la decisión enérgica.

El Ingeniero de cargo llegó hasta él.

- Los fogoneros trabajan con el agua más arriba de las rodillas. Unos momentos más y la inundación alcanzará a los fogones. Se hace indispensable apagar los fuegos y parar, por consiguiente, las bombas.

Era la sentencia de muerte del crucero. Inactivas las bombas, dos magnificas Thiriones francesas, capaces de achicar seiscientas toneladas por hora, la inundación acrecentaría violentamente. De nada serviría ya la suprema esperanza de la marea.

Whiteside recibió aquella información con inmutable sangre fría, sepultando en él la demostración del brutal descorazonamiento que debió golpearlo salvajemente.

- Que se apaguen los fuegos - ordenó.

 

En el breve tiempo empleado para pronunciar estas escasas palabras, junto con dictarle la muerte a su buque, debió dictarse a si mismo su desgarradora sentencia. Moriría con su crucero. El Comandante que, por su culpa, frente al enemigo, pierde su barco, debe morir con su buque. No basta hallársele en una guerra declarada oficialmente. El hombre de mar está siempre en guerra. Frente al enemigo, siempre. Frente al mar que lo combate con sus tempestades, neblinas, corrientes y traidores arrecifes. Es una constante guerra a muerte. Si había sido vencido y había sido suya la culpa, terminaría su vida con la vida de su buque.

Ordenó llamar al segundo Comandante.

- Ya esto no tiene remedio. Disponga usted del abandono del buque - díjole. - En aquel punto (y señalo una ensenada en la isla Laitec, a unas seis millas distantes), existe un regular desembarcadero. Se salvará cuanto más se pueda del buque, regresando en los días siguientes para este salvamento.

El corneta tocó abandono de buque. Guardianes y contramaestres repitieron:

- Todo el mundo a sus puestos de abandono de buque.

Se inicio la maniobra del abandono.

Whiteside continuaba en el portalón del barco, intensamente absorto. Una gran palidez se extendía ahora por su cara. Un guardiamarina pasó cerca de él.

- Pídale al condestable un revólver - le ordenó el Comandante.

 

Aquella orden no extrañó a nadie. Justificado era que un Comandante se armara en aquellos difíciles momentos para el más riguroso resguardo del orden en un naufragio.

El guardiamarina le hizo entrega del revólver y de algunas balas que Whiteside guardó en uno de los bolsillos de su capote.

Chirriaban las poleas de los pescantes.

- <<¡Teza!... ¡Iza!... Cobra viento… Arria… Larga en banda>>… Y los botes al costado recibían los bultos que a ellos descendían pesadamente: víveres, ropas y cuanto aprovisionamiento se halla dispuesto en los ejercicios para casos de abandono de buque.

Media hora más tarde, Whiteside dispuso:

- Que se retire a almorzar la gente.

La maniobra del abandono se detuvo. El desgraciado Comandante dejó entonces el portalón y pausadamente se encaminó  a su cámara, de la cual ya no saldría con vida.

 

En su cámara, en donde, escribiera las cartas que dejara a su esposa y al personal del crucero, cómo debió sufrir aquel hombre. Rápidamente debió repasar la memoria de sus primeros pasos en la Armada, pletórico de ensueños y de ilusiones por su carrera; sus triunfos conquistados a golpes de desvelos; las obras que tras de sí dejaban su talento y su consagración absoluta a su deber y a sus estudios: escuelas por él cimentadas; libros de enseñanza profesional por él escritos; una generación completa de jóvenes oficiales a quienes había nutrido con su profesorado; sacrificados trabajos hidrográficos entre los fríos ventisqueros de los mares de la Patagonia, transformando en seguras rutas a los tortuosos, estrechos y peligrosos canales de aquellas crudas regiones… Todo lo debió recordar, mientras su alma, adolorida y temblorosa, se cernería sobre un hogar lejano; despidiéndose del suave nido, al cual los hombres aún los de más férrea corteza, siéntense atraídos para descansar en ellos sus fatigas y despojarse del frío retraimiento que entre extraños la dura vida les impone.

 

De pronto, en cubierta se escucharon voces que clamaban desesperadamente. Un tropel apresurado de personas entraban y salían de la cámara del Comandante con la consternación más honda en sus semblantes. Alguien gritaba angustiosamente:

- ¡Doctor!... ¡Doctor!...

Un guardiamarina, en alto los brazos, apretando convulsivamente un pañuelo que empuñaba, exclamaba con la convulsión de un sollozo que exprimía en balde:

- El Comandante ha muerto!...

 

Los más firmes nervios se estremecieron con los escalofríos del pavor. En su camarote, tendido de espaldas sobre su cama, hallábase muerto Whiteside. Su brazo izquierdo se encontraba estirado a lo largo de su cuerpo, reteniendo con su mano el retrato de su esposa; su otro brazo descansaba sobre su pecho, sobre el cual aún retenía el revólver con que se diera muerte. Sobre una vecina cómoda yacían dos cartas. Una nubecilla de pólvora sobre flotaba sobre el cristal de las claraboyas…

Había muerto con su buque. Y en esos momentos terriblemente trágicos, mientras el crucero crujía sobre su lecho de rocas, se olvidó el naufragio y doscientos corazones sangraban de dolor ante el cuerpo inanimado de su querido e infortunado Comandante.

 

- Valía más su vida que una flota entera de combate - dijo uno. - Los buques se hacen… Hombres como él, de muy en tarde nacen…

Toda la gente se había agolpado en el alcázar. Más de cien, entre ellos, habían acompañado a su Comandante durante más de dos años en su reciente campaña hidrográfica. Habían sido sus más fieles subalternos, y habían aprendido a quererle y, a respetarle.

 

El segundo Comandante, salió de la cámara de Whiteside.

- Llamada general  - ordenó.

La gente formó sobre la inclinada cubierta de <<Pinto>>.

-Bandera a media asta…

El crucero se sacudía convulsivamente. La bandera fue izada.

El segundo jefe ordenó enseguida:

- Descubrirse…

 

Penosamente los brazos se alzaron y quitáronse silenciosamente las gorras…

-Tengo el sentimiento de anunciarles que nuestro Comandante, Capitán de Fragata señor Arturo Whiteside, ha dejado de existir…

Abrió un libro de Ordenanzas navales.

-De acuerdo con el título… de nuestras Ordenanzas navales, asumo desde este momento al mando de esta nave.

 

La fila de marineros había abandonado su rigidez. Muchas manos ascendían a los ojos. Otros ocultaban sus dolores, clavando sus miradas en cubierta con gestos amargos.

-  Voy a dar lectura a la carta que nuestro Comandante nos dejara.

Partió el sobre el segundo jefe, y con voz emocionada leyó aquella carta, cuyo contenido era más o menos el siguiente: <<Mis amigos: Os dejo. Vuestras vidas no corren peligro. Traten de salvar cuanto más sea posible del buque para no serle al país tan gravosa está perdida, ya que tantos sacrificios le cuesta a nuestra Patria la adquisición de su Escuadra. Adiós y viva Chile>>.

Esa tarde abandonamos al crucero. Llovía torrencialmente. Las tempranas sombras del invierno en Chiloé obscurecían el día. A medio camino, volvimos la vista hacia el crucero trágico. Era un siniestro cadáver. Los cuervos comenzaban a revoletear por sobre sus despojos. Y lo que a causa del aturdido dolor no se nos ocurrió entonces hoy lo decimos:

- Pérfidos serán los que te denigren, Marina de mi Patria! Sus hombres, en la paz o en la guerra, mueren con tu nombre en sus labios!...

 

“Si…”

 

A los guardiamarinas al ingresar al servicio de la Armada

Adaptación de Kipling

 

SI en las calmas del mar no es tu guardia, un ocio confiado y estás prevenido; - y lo estás en tu vida privada por si el mal te acechare escondido; -

SI en las recias tormentas tú guardas igual clama sin verte ofuscado ni menos vencido;

SI ves siempre en tu igual un amigo;

SI en tus jefes no ves adversarios, ni en sus justos reproches, agravios sino anhelos y afanes austeros;

SI en tu subalterno honesto y sencillo no ves un extraño sino un compañero con el cual tú laboras activo;

SI al ignaro le prestas ayuda;

SI al delito te opones altivo;

SI los nimios errores excusas cual deseares lo hicieren contigo;

SI no ves en tu buque en ficticio hogar de recreo y compartes en él sacrificios con lo placentero;

SI fracasas sin ver en tus ruinas un mal sin remedio, y halando tus drizas te levantas rehecho de nuevo;

SI a los grandes no adulas abyecto, ni al humilde sin tino desprecias;

SI el mentir te reporta provecho y rechazas la innoble bajeza;

SI tu boca prudente no se abre en deshonra afrentosa de nadie;

SI aromas de tu vida con algo de ensueño, pero no en demasía, sin tornarse en hacerse tu dueño;

SI procuras ser siempre el primero en los rudos peligros de muerte, y ser el postrero en hundirte, cual lo hizo Riquelme con su nunca rendida bandera…

¡Tuyo será el mar, tuyo el porvenir de tu honrosa carrera!..

Y el prócer marino, heroico y bravío, el jefe sublime que de lo alto vigila el glorioso destino naval de tu Chile, habrá de decirte:

ERES DIGNO HIJO MIO.

 

 

A los

Aviadores navales

Caídos

 

Inclinemos las frentes… Cese por un instante el clamor egoísta en que se vive, y olvidando generosos los rencores que dividen a la patria familia unamos nuestros brazos fraternales, doblemos las rodillas!...

 

Patria!... Silencio!... Ciñe el manto enlutado con la austeridad viril de diosa antigua, y con tus hijos cae de rodillas!...

Y después de llorar sobre los restos de tus cachorros cóndores caídos reconforta tu espíritu: murieron como hombres, enjuga tus pupilas!

No temas el mañana, que así mueres tus hijos! Patria, silencio!... Desdobla tus rodillas!

¡Levántate tranquila!

 

 

(1)     Estas estrofas fueron escritas con motivo de los funerales del Aviador Naval, Guardiamarina señor GUILLERMO ZAÑARTU en Marzo de 1921.El Guardiamarina Zañartu  se derribó con su avión, y al acudir para rescatarlo de entre los hacinamientos de su máquina y conducirlo al hospital, rehusó terminantemente la camilla, expresando que quería irse con sus propios piés, no obstante encontrarse mortalmente herido. Sus expresiones fueron: <<-A pié… Hay que morir como hombres>>.

Poco después fallecería.