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Comandante del Buque Cirujano Videla

Comandante del Buque Cirujano Videla, nuestro carreta Gerhard Schweinitz revive sus 20 minutos con el Papa.

El Teniente 1° Gerhard Schweinitz, quien estuvo al mando del buque que embarcó al Papa Juan Pablo II en Puerto Montt, relata los momentos que, confiesa, cambiaron su vida.

"El almirante Merino me dijo: '''Alemán, usted se hace cargo de Su Santidad, usted queda de anfitrión''. Esa orden del Comandante en Jefe de la Armada se transformaría en la experiencia más importante vivida por el entonces teniente Gerhard Schweinitz, quien durante la visita del Papa Juan Pablo II comandaba el "Cirujano Videla".

Fue en las costas de Puerto Montt cuando, por primera vez en la historia, un Papa se embarcó en un buque de guerra. Y fue ese mismo día el que cambió la vida de los tripulantes de la nave. Schweinitz relata los momento que compartió con Su Santidad. Estuvieron a solas durante casi veinte minutos y, según cuenta, hablaron en alemán, inglés y castellano. "Fue como un regalo del cielo. Me llegó de forma muy profunda, ya que asumí una responsabilidad muy grande. Recién cuando Su Santidad desembarcó me di cuenta de lo que había vivido y me cayeron unos lagrimones", recuerda.

"Cuando estuvimos juntos me preguntó mi nombre. Al responderle "Gerhard Schweinitz" me dijo: "¡Alemán!", y empezó a hablar en ese idioma y luego cambiamos al inglés y terminamos en castellano. Me preguntó si yo era de la zona de Sajonia, "¡somos vecinos", me explicó y con sencillez me contó que él venía de un pueblito llamado Cracovia. Luego, me preguntó si era luterano y yo le expliqué que mi padre lo era, pero que me había criado en el catolicismo por influencia de mi madre. Ahí me comentó: "Qué bonito que las creencias se vayan uniendo", recuerda quien entonces tenía veintiocho años.

Según cuenta Schweinitz, el Papa le preguntó por su familia y por quienes la conformaban. Minutos antes de que la comitiva abordara el buque, Juan Pablo II se había acercado a una joven madre que esperaba en el muelle. Estaba con una niña, a quien el Santo Padre tomó en brazos mientras las bendecía a ambas. Eran la señora de Schweinitz y su hija Constanza, entonces de seis meses. "¡Qué linda pequenina!", me dijo mientras le pedía a su colaborador que le pasara su maletín, y fue el mismo Papa quien buscó un rosario para regalarme, Era una cajita blanca con el escudo papal, la abrió, lo bendijo y me dijo que era "del Papa para la sua esposa". Me emocioné mucho y es una preciosidad que tenemos guardada en la caja de fondos. Es un rosario de plata con perlas, pero aunque hubiese sido de lata, da lo mismo; fue regalado por el Santo Padre" explica.

 

Schweinitz cuenta que Juan Pablo II le pidió los nombres de los miembros de su familia y le dijo algo al secretario papal. Seis meses después llegó a su casa una encomienda con fotografías tomadas ese día por el diario Vaticano "Corriere Della Sera" y una bendición papal para él y su familia, firmada por el Sumo Pontífice.

Pero no sólo fueron los marinos quienes recibieron la bendición del Papa: otros dos miembros de la tripulación también tuvieron el privilegio de estar al lado del Santo Padre. Según cuenta Schweinitz, "en el buque teníamos dos perros Setter irlandés, la "Princesa" y el "Cooper". Los mantuvimos encerrados mientras estaba el Papa a bordo, pero en un momento se escaparon y se acercaron a Su Santidad. El les hizo cariño y los bendijo."

Antes de finalizar la visita, el buque hizo una navegación en forma de cruz. "Había sido formada por los pescadores. El Papa, junto al cardenal Juan Francisco Fresno, lanzó al agua una corona de flores por la paz de la gente de mar, los bendijo, pronunció unas palabras y de ahí nos dirigimos al muelle que queda frente al hotel Pérez Rosales".

"Las mareas en Puerto Montt son de hasta ocho metros. Su Santidad tenía que desembarcar como a las 12:10, y si se alargaba la visita, teníamos hasta las 12:25 para que el buque no quedara encallado por la baja de la marea. El, agradado a bordo, hacía señas a la multitud. Eran las 12:20 y yo no podía echarlo. La marea estaba bajando y el buque iba a quedar en la playa. Cuado empezó a desembarcar le hicimos los honores máximos según el ceremonial naval. Me despedí de él, le besé el anillo y él me abrazó. Yo pensé que el buque no iba a responder porque ya deberíamos haber estado tocando fondo. Llegamos al muelle y ¡el buque estaba flotando!, a pesar de que estábamos quince minutos atrasados y la marea ya debería haber bajado. Fondeamos y me corrieron las lágrimas."

Según Gerhard Schweinitz, la visita de Juan Pablo II les cambió al vida a todos los miembros de la tripulación. "Incluso había tres evangélicos que, tras estar con Su Santidad, se convirtieron al catolicismo."